Modificaciones del pene y los testículos. Segunda Parte

Otras culturas. Algunos grupos indígenas de la zona del Amazonas y entre los samburu (lopok  como se autodenominan) de Kenia se continúa efectuando la ceremonia de la subincisión del pene. Se la hacen a sí mismos, o un compañerito se encarga de hacérsela a otro. La edad promedio para efectuarla es entre los siete y los diez años.

Existen dos explicaciones relativas a dicha práctica. La primera, debida a Bruno Bettelheim, se refiere a la envidia que los hombres pudieran tener de la vagina y de la menstruación, ya que la sangre juega un papel muy importante en este ritual y en la cultura de estos pueblos. La otra explicación, se refiere a que el hombre australiano trata de imitar al pene bífido del canguro, con la arilta se obtienen dos cabezas en el pene y se acrecienta la potencia sexual del hombre como la que se dice tiene tal animal. Es sabido que los marsupiales llegan a tener hasta tres penes, y las hembras poseen dos vaginas y dos úteros.

Cuando no solamente es eliminado el prepucio del pene, sino que se efectúa un corte a los largo del mismo por arriba, nos encontramos ante la superincisión, practicada desde tiempos muy antiguos por pueblos asiáticos. Consiste en una incisión a lo largo de la parte superior del prepucio, desde la punta hasta la corona, que deja al glande al descubierto, pero sin que el prepucio haya sido cortado. La superincisión se ha practicado en muchos pueblos del Pacífico, desde Hawái hasta las Filipinas. Los polinesios aducen que es necesario efectuarla para eliminar el olor del esmegma, secreción que se acumula en los genitales de los mamíferos, el cual consideran  asqueroso.

Otras alteraciones del pene. Citemos un fragmento de un artículo aparecido en  Punto Ciego, en el año 2009, de autor anónimo: En Borneo, un hombre puede elegir perforarse los genitales para el cortejo y también para incrementar el placer sexual, los dayak perforaban sus penes en la pubertad e insertaban adornos en el prepucio, lo hacían después de sentarse en un río de agua fría durante mucho tiempo el pene era sujetado entre dos maderas cada una con un orificio y después se perforaba con una punta afilada de bambú los abuelos del niño insertaban a través del hoyo en el glande un palang, es decir una barra con una bola en cada extremo y el niño era eventualmente decorado con un tatuaje que significaba el uso de un palang. La perforación en el pene tiene su origen en costumbres romanas que fueron vigentes en los años 400 a. C.; esta consistía en perforar con anillos metálicos el pene de los atletas para evitar las erecciones en los entrenamientos y el de los esclavos para eludir la procreación. En 1884 el Rey Alberto de Inglaterra se colocó esta perforación para de este modo poder sujetarlo y jalarlo hacia atrás en el medio de las piernas y así no estropear la línea de su vestimenta. Existe también la anécdota de que el pene era el órgano rector del pensamiento de Mussolini, este se coloco un “rey Alberto” y se dice que cuando debía tomar decisiones importantes solo recibía inspiración si acariciaba el anillado. Hay datos que confirman que en la época Victoriana las mujeres de lata sociedad tenían los pezones perforados, de los cuales dejaban pender finas cadenas que eran distinguidas como símbolos de feminidad.

 Los hombres de Birmania acostumbran insertar abajo del pene campanas pequeñas. En cambio los dayakos de Borneo se insertan una varilla de metal en el falo, la cual lleva en sus extremos pequeñas esferas. La varilla, llamada ampallang, atraviesa la cabeza del órgano por medio de una perforación. Se trata de un requisito que deben cumplir los hombres para poderse casar. Algunos grupos de la Filipinas se colocan la varilla con el propósito de no caer en la sodomía, según afirman las mujeres de las tribus.

Los wógeo, tribu que habita una isla al norte de Nueva Guinea, acostumbran sangrarse el pene. Presuponen que, por medio de este rito, los hombres se protegen de posibles enfermedades que pudieran adquirir durante las relaciones sexuales con una mujer, como por ejemplo numerosas infecciones.

Los janjero de Etiopía, África, les arrancan los genitales a los enemigos vencidos en batalla, pues se consideran un envidiable trofeo de guerra que otorga prestigio a los guerreros.

En nuestro continente, los indígenas mexicas se hacían sangrar el pene con espinas de maguey, o se lo perforaban y pasaban una cuerda por el orificio; se trataba de un ritual religioso dedicado a los dioses de su complicado y extenso panteón. Durante el tiempo de la siembra los agricultores, en una ceremonia propiciatoria dedicada a la Madre Tierra, regaban la tierra con la sangre de sus penes, a fin de volverla más fértil.

El auto sacrificio fue sagrado para los mayas antiguos; los reyes y los sacerdotes lo practicaban a lo largo de todo el año ritual. Sangrarse a sí mismos revestía un carácter que permitía la continuación de la vida; la sangre más sagrada provenía de las orejas, la lengua y del prepucio del pene, pich’ach. La sangre se vertía sobre un largo papel atado al miembro, mientras los sacerdotes danzaban. El papel se quemaba al finalizar el ritual. Con ello se trataba de conservar el balance del cosmos; es decir, el ordenamiento del universo. Para llevar a cabo el ritual, debía invocarse a los espíritus de los antepasados, quienes tomaban la forma de una serpiente, encargada de establecer la comunicación con los dioses, la serpiente se consideraba un animal psicopompe que ponía en comunicación a los hombres con el mundo del más allá. En la ceremonia se quemaba incienso, se danzaba y cantaba, y se efectuaban exorcismos para ahuyentar a los malos espíritus. Terminado el ritual, tenía lugar una gran comida rociada con mucho balché. Para sangrarse, los mayas utilizaron bellas herramientas labradas de jade y obsidiana, adornadas con hermosas plumas, y perforadores de hueso específicos para el pene.

En algunos grupos musulmanes de Arabia, África del Norte y Medio Oriente, cuando los niños llegan a adultos, se efectúa una gran fiesta como parte del ritual de iniciación. Entre los muchos regalos que reciben se encuentra un aro, llamado hafada, que se  colocarán en la parte izquierda del escroto, entre los testículos y la base del falo. Se trata de una creencia con la cual se impide que los testículos vuelvan a subir, como cuando eran niños. Algunos hafadas son tan hermosos que llevan piedras preciosas y una perla llamada kuwaití, procedente del Golfo Pérsico.

El guiche es una tira de piel que se coloca durante la pubertad de los jóvenes del Pacífico Sur, en el perineo, zona comprendida entre el ano y la piel del escroto. Aparte de considerarse muy decorativo, tiene la función de incrementar el goce sexual, según dicen.

La extirpación y el  agrandamiento de los testículos. Otra práctica cultural no muy extendida en el mundo, consiste en extirpar un testículo. Solamente la efectúan los janjero de Etiopía, un pequeño grupo de los sidamo; y los khoikhoi, hotentotes, del sur de África. El motivo estaba basado en la creencia de que así se evitaba procrear gemelos, ya que tenerlos acarrea  muy  mala suerte a los padres.  Asimismo, los habitantes de Ponapé, isla perteneciente al archipiélago de las Carolinas, practican este ritual en los niños de entre 14 y 16 años de edad. Actualmente, la costumbre tiende a desaparecer.

La tribu africana de los bubal, grupo étnico que habita la frontera entre Kenia y Somalia, se caracteriza porque los hombres poseen los testículos enormemente agrandados, los cuales llegan a medir hasta 80 centímetros de diámetro. Cuando son niños sus madres les dan a comer el flujo menstrual de las vacas, rico en vitaminas B6, B12, E y D, y sobre todo en hormonas. Al alimentar a los niños con el flujo tratan de impedir la anemia, el escorbuto y la leucemia a que están propensos por la mala alimentación que padecen. Al llegar a la adolescencia, los niños comienzan a sufrir un agrandamiento anormal de los testículos a causa de tal ingesta. Esta modificación, debida a la necesidad de alimentarse de este grupo paupérrimo, es irreversible.

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