los Pies de Loto Dorados o Chánzú. Primera Parte

Hoy te contemplo en el piano, señora mía, Fuensanta,
las manos sobre las teclas, en los pedales la planta,
y ambiciona santamente la dicha de los pedales
mi corazón, por estar bajo tus pies ideales.
Para tus pies. Fragmento,  Ramón López Velarde

Los pies de loto, en chino tradicional se denominados chánzú, “pies atados” es el nombre de una costumbre que se practicó desde hace más de mil años en lo que ahora conocemos como la República Popular China. Dio inicio en el siglo X y terminó a principios del XX. Tal costumbre se aplicaba a las mujeres chinas desde la infancia. Se le conoció como “pies de loto” debido a que se pensaba que el balanceo de las mujeres al caminar semejaba al movimiento de la flor de loto mecida por el viento. El objetivo consistió en lograr que las mujeres tuviesen los pies pequeños, tan pequeños que era imposible lograrlo por otros medios que no fuese el vendaje.

No se sabe con exactitud cómo y por qué empezó  la costumbre de achicar los pies. Existen varias teorías aunque  poco probables. La más documentada nos remite a la corte de la Dinastía de Tang del Sur, Nantang, (618-907), que fuera uno de los Diez Reinos en el centro-sur de China, cuya capital fue Jinling, en lo que actualmente es Nanjing, de la provincia de Jiangxi. Esta dinastía se caracterizó por ser una de las más brillantes de la historia de China. Las bailarinas de la corte tal dinastía eran famosas por tener unos finos y pequeños pies, por supuesto logrados artificialmente, calzados por hermosos y diminutos zapatos.

Cuenta una leyenda que un emperador del siglo X de nombre Li Yu, le ordenó a su concubina favorita que se vendara los pies con cintas de seda en forma de media luna, y bailara sobre una plataforma adornada con incrustaciones de flores de loto en oro; de ahí la procedencia del nombre.  Otra versión de la leyenda nos dice que se trataba de un teatro cuyo escenario estaba construido en forma de flor de loto y no tan solo una plataforma. Sea verídica una u otra versión, sabemos que la bailarina vistió trajes muy lujosos y lució joyas dignas de una emperatriz. La cortesana se llamaba Yao Niang, Muchacha Triste. Las damas de la corte pronto imitaron a la chica y comenzaron a vendar sus pies y los de sus hijas.

Esta costumbre sólo la ejercían las mujeres que pertenecían a  las clases pudientes de la sociedad. No se practicaba en todo el territorio chino sino solamente en algunas regiones. Entre otras cosas fue una manera de demostrar que las jóvenes ricas estaban exentas de cualquier trabajo, pues demostraba que sus padres o esposos, eran lo suficientemente ricos para liberarlas del trabajo enajenante.

A más de ello, los pies pequeños ejercieron una función erótica, pues provocaban una fuerte atracción sexual en los hombres que gozaban el “privilegio” de poseer a mujeres con  pies de loto. Así pues, los pies pequeños fueron considerados como la parte más erótica del cuerpo femenino, siempre y cuando midieran sólo siete centímetros, fueran delgados, arqueados, suaves y simétricos. Un dicho chino dice: Una cara bonita es un regalo del Cielo, un par de pies bonitos es trabajo mío.

En el siglo XVII, la costumbre se propagó a las mujeres Han (grupo étnico mayoritario de China, alrededor de 98%) quienes, pobres o ricas, comenzaron a achicar sus pies, aun cuando tuvo persistió el predominio entre las mujeres adineradas, pues las más desfavorecidas debían trabajar en los campos de cultivo, soportando las molestias que sus pequeños pies les ocasionaban. La costumbre fue muy generalizada en el siglo XIX, pues del cuarenta al cincuenta por ciento de las mujeres pobres la practicaban, aun con las dificultades que tenían para realizar sus labores en el campo y en la casa; y las mujeres pudientes alcanzaron el ciento por ciento. Empequeñecer los pies tuvo mayor arraigo en el norte de China. Después que los manchúes iniciaron su dominio en China en el año de 1644, a las mujeres manchúes del noroeste de China se les prohibió en absoluto achicarse los pies, por medio de un decreto emitido por el emperador.

Lin Yu Tan (1895-1976) escribió al respecto de los pies de loto en su libro La chine et les Chinois:

 La naturaleza y el origen de la deformación han sido muy incomprendidos. Esta costumbre representa en suma, bajo una forma muy bien adaptada, el símbolo de la reclusión. El gran letrado conficiano Chu-Tsi, de la dinastía Sung, preconizó también esta práctica en el sur del Fu-Kien como medio de propagar la cultura china y enseñar la diferencia entre la mujer y el hombre. Pero si la única meta buscada era encerrar a las mujeres, es probable que las madres no hubieran vendado tan gustosamente los pies de sus hijas. De hecho, esta deformación es ante todo de naturaleza sexual. Se remonta sin ninguna duda a las cortes de los reyes libertinos; gustaba a los hombres de su culto por los pies y po los zapatos de mujer, que a sus ojos eran fetiches de amor, y por los andares que semejante mutilación imponían naturalmente a sus compañeras, en cuanto  ellas, sólo pedían conciliar el favor de los hombres.

Se considera que desde el siglo X hasta 1949, cerca de dos billones de mujeres padecieron el sufrimiento de los pies de loto, rito que fuera rotundamente prohibido por el régimen comunista de Mao Tse Tung (1893-1976),  el gran líder de la Revolución China. Anteriormente, en 1911, tras la caída del último emperador, Puyi, hubo un intento de prohibición. En 1957 fue vendada la última mujer china que quiso tener  la belleza de los pies de loto.

 El procedimiento para lograr los pies de loto. El proceso daba inicio a los tres o cuatro años de edad, antes de que el arco del pie se desarrollara completamente y los huesos endurecieran definitivamente. El vendaje se llevaba a cabo durante los meses de invierno, cuando los pies están más insensibles y el dolor puede ser menor. Por medio de una consulta astrológica, se escogía un día conveniente para llevar a cabo el vendaje; ese día se les ofrecían panes de arroz a los dioses, a fin de que los pies de la niña elegida fuesen tan suaves como los panecillos de arroz y resultaran dóciles a la deformación.

Los pies de la niña se remojaban en agua con hierbas y sangre de animal, lo cual ablandaba la carne y, según la creencia,  evitaba cualquier clase de infección. Las uñas se cortaban y se daba un buen masaje los pies. Los dedos masajeados se dirigían hacia la planta de los pies con tanta dureza y presión que  se rompían. Obviamente, tal rotura provocaba en la niña un terrible dolor. La gran fuerza empleada para llevar los dedos hacia la planta  ocasionaba que el empeine también se rompiera. Con los dedos en tal posición, se daba inicio al vendaje empleando tiras de algodón que medían noventa centímetros de largo y cinco de ancho. Las vendas se preparaban con mixtura de variadas hierbas y sangre de animal. Entonces, daba inicio el vendaje, que consistía en envolver el pie empezando por  el empeine, bajo el pie donde estaban los deditos fracturados, y por detrás del talón. Los dedos rotos quedaban así presionados firmemente en la planta del pie. Cada pasada de la venda en el piecito debía ser más fuerte que la anterior, lo que ocasionaba un increíble dolor a la niña. Cuando se daba por terminado el vendaje, las vendas se cosían perfectamente para evitar que la jovencita pudiera quitárselas o aflojarlas. Al irse secando las vendas, se apretaban más y, por supuesto, el dolor aumentaba.

El pie roto requería de mucha atención. El vendaje se removía con frecuencia para revisar si el pie no presentaba heridas, y para cortar cuidadosamente las uñas, pues lo que más se provocaban eran infecciones; a pesar de que las uñas eran cortadas se producían heridas en los dedos y en la planta del pie; razón por la cual eran común que las uñas fuesen quitadas desde la raíz y sin anestesia. Cada vez que las vendas se quitaban se daba masaje a los pies para que las articulaciones se hiciesen más flexibles, y se mojaban los trapos en una cocción medicinal para evitar la necrosis de la carne. Entonces,  se volvía a vendar los pies con mayor fuerza, lo cual hacía el proceso cada vez más doloroso. A veces, se  golpeaba la planta de pie para asegurarse que éste estaba roto y continuaba flexible. Tal tratamiento de revisión, las personas adineradas lo podían hacer una vez al día; a las niñas campesinas se les realizaba sólo dos veces por semana.

La encargada de realizar el primer vendaje y las subsecuentes revisiones, era la mujer más anciana de la familia, o un profesional, lo cual era preferible ya que era indiferente al dolor que pudiera sufrir la niña ante tan bárbaro ritual, pues a veces el profesional rompía los dedos de los pies en varios lugares, para que pudieran doblarse al máximo y así alcanzar el tamaño ideal que eran siete centímetros.

A pesar de tener los pies rotos y con dolores increíbles, la niña debía seguir caminando como siempre, porque se pensaba que el peso de su cuerpo sobre los pies ayudaba a lograr mejor el propósito deseado. “Delgados, pequeños, puntiagudos, arqueados, perfumados, suaves y simétricos”, he aquí el canon de los pies de loto

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