La Depilación y la Tonsura. Primera Parte

Los cabellos representan muy frecuentemente ciertas virtudes o poderes del hombre: la fuerza y la virilidad, por ejemplo, en el mito bíblico de Sansón. Jean Chevalier y Alain Gheerbrant, Diccionario de los símbolos.

 El simbolismo de los cabellos se fundamente en el hecho de que se cree que conservan relaciones íntimas y esenciales con los hombres aun después de cortarlos. En  ellos se mantienen las propiedades y las virtudes del hombre que los posee. Por ende, cuando se les corta o modifica, se están alterando ciertas sustancias intrínsecas del individuo. Asimismo, si los cabellos cortados de algún muerto o enemigo se guardan, frecuentemente se cree que se están adquiriendo las virtudes y capacidades que el difunto disfrutaba, y que ahora pasan a formar parte del nuevo poseedor; o bien, se consideran como demostración de  triunfo sobre el enemigo tonsurado.

De una u otra manera, todas las culturas han rendido culto al cabello, ya sea cortándolo, modificando su color, depilando los vellos del cuerpo, o  rapando totalmente la cabeza. Desde la antigüedad hasta nuestros días, la costumbre de modificar los cabellos persiste en todos los continentes de nuestro planeta azul. Veamos algunas de las tantas modificaciones que puede sufrir nuestros cabellos.

 La Prehistoria. La costumbre de quitarse el pelo o el vello del cuerpo es muy antigua, empezó desde la Prehistoria, hace alrededor de 20,000 años. En las pinturas rupestres aparecen hombres barbados  al lado de otros que no la portan, lo que sugiere que ya se acostumbraba quitarse el pelo de la cara desde esas tempranas épocas. Para ello se empleaban piedras de pedernal muy  afiladas y dientes de animales igualmente afilados. Más adelante, se utilizaron las navajas de hierro y cobre. También solían emplearse dos conchas marinas unidas como formando  pinzas o  tijeras elementales. Ahora bien, el motivo que tuvieron estos hombres iniciales para quitarse el pelo de la cara es desconocido. Pero bien pudiera ser que respondiera a motivaciones de índole religiosa, mágica, higiénica, estética o erótica.

Los egipcios. Más adelante, hacia 3,000 años a.C., las egipcias se depilaban todo el cuerpo empleando cremas especiales elaboradas a base de grasa de hipopótamo, sangre animal, gusanos y tortugas, como consta en  el Papiro de Ebers fechado en 1,500 a.C. El papiro es un texto en donde podemos conocer muchos de los preceptos de la medicina egipcia. Fue hallado  entre las piernas de una momia. Gracias a él sabemos que las mujeres egipcias empleaban ceras hechas de agua, limón, azúcar, aceite, miel, sicomoro –árbol que era considerado sagrado-, goma y pepino, para librarse de los enojosos vellos. Es muy posible que el hábito de quitarse el pelo corporal se haya debido a una cuestión de higiene, la cual se justificaba debido al clima de Egipto de elevadas temperaturas, que hacían sudar fácilmente a los egipcios y las egipcias. Asimismo, la depilación se usó como una forma de evitar que las personas se llenasen de indeseables piojos, lo cual era muy frecuente si se toma en cuenta la existencia de muchas momias empiojadas que los arqueólogos han encontrado. Para quitar ciertos vellos del cuerpo se emplearon las pinzas de cobre y hierro, y las navajas de sílex. Los hombres y las mujeres se quitaban el pelo de la cabeza, es decir se rapaban, para poder colocarse más cómodamente, las pelucas a las que eran muy afectos.

Por otro lado, el ideal de belleza en las mujeres era un cuerpo totalmente desprovisto de vello, incluyendo el vello púbico, hecho que simbolizaba una limpieza tanto moral como física. De más está decir que la faraona imponía el prototipo ideal de belleza. Por su parte, los sacerdotes debían depilarse y rasurarse cada dos o tres días, a fin de presentar a los dioses un cuerpo puro y limpio, física y espiritualmente. Un investigador de apellido Adams, propone la teoría de que los hombres en Egipto se rasuraban a fin de que durante los combates bélicos, el enemigo no tuviera posibilidad de agarrar al guerrero por el pelo y así facilitar su decapitación. Sabemos a ciencia cierta que en el harén del Ramses III, 1150 a. C., segundo faraón de la Dinastía XX, todas las mujeres estaban depiladas del cuerpo incluyendo las axilas.

Los griegos

Los griegos antiguos también fueron afectos a quitarse el vello del cuerpo. Pues   consideraban que depilados se veían más bellos y  jóvenes. Las mujeres de buena posición económica se depilaban y rasuraban todo el cuerpo. Para lograr el propósito de quitarse los vellos, empleaban la piedra pómez, velas para quemarlos, y ceras a base de resinas, sangre de animales, minerales, cenizas y, por supuesto, las imprescindibles pinzas a las que llamaban volsella. También empleaban diversas clases de navajas. Para aminorar el dolor que producía la quemada de la flama de la vela, empleaban una esponja humedecida en agua con esencias perfumadas. Ateneo de Náucratis, escritor de la Grecia antigua, nos dice que después de la depilación las féminas se  ponían perfume de nardos de tarsos y metopión de Egipto; en las axilas se untaban menta, y en las cejas mejorana de Cos. Las famosas cortesanas griegas  hacían uso de una crema llamada dropax, hecha a base de vinagre y tierra de Chipre. Las mujeres incluso se quitaban el vello púbico. Hans Licht, escritos holandés, afirma que El Griego encontró en un cuerpo liso y sin pelo un ejemplo de belleza, juventud e inocencia.

Hacia 500 a.C., los hombres  acostumbraron  llevar el pelo muy corto y la cara afeitada. Incluso Alejandro Magno, hijo de Filipo II de Macedonia, pugnó porque los hombres que hacían la guerra  se afeitaran el cráneo, por las mismas razones que lo hacían los guerreros egipcios; es decir, presentar mayor resistencia al enemigo.

Los romanos. Los romanos siguieron el ejemplo de los griegos y gustaron de quitarse el vello de la cara. Para ello adoptaron las barberías ya conocidas en Grecia. Los barberos fueron traídos especialmente de Sicilia por un griego de nombre Ticinius Mena, en el año 296 a.C. Para afeitar empleaban cuchillos de hierro muy afilados, cosa que conseguían empleando agua y una piedra de arenisca. De más está decir que las barberías eran centros sociales en los cuales se intercambiaban chismes y noticias sobresalientes de la vida social y política romana.

En las barberías el barbero, el tonsor, además de afeitar, cortaba el pelo, depilaba, hacia la manicura y teñía los cabellos. Los hombres de las clases acomodadas de Roma contaban con uno o varios barberos particulares; como fue el caso del emperador Julio César (49 a.C.-44 a.C.), quien gustaba de rasurarse y depilarse completamente el cuerpo. Había barberos que trabajaban en la calle y a ellos acudían los ciudadanos del pueblo que no podían pagarse una barbería en forma. Estas barberías ambulantes se denominaban tonstrinae.

Los varones se depilaban las piernas, y hasta el siglo II fue costumbre raparse o lucir el pelo muy corto y echado hacia adelante. La calvicie constituyó una preocupación para el género masculino; incluso existe una anécdota que nos relata que Julio César, quien estaba perdiendo mucho pelo durante su guerra contra las Galias, apresó al jefe de los galos, Vercingetorix, le cortó el pelo de cabeza y barba, y se mandó hacer una peluca para él… y eso que decía que amaba al galo.

Las mujeres romanas se quitaban el vello de todo el cuerpo incluyendo el pubis, pero les complacía que las cejas se juntaran en la nariz, y para ello se las pintaban con una mezcla de huevos de hormiga y moscas que conseguían moliendo a estos bichos. Para el cuerpo empleaban el famoso dropax y pinzas, las forcipes aduncae. Las prostitutas tenían a su servicio esclavos llamados alipilarius, destinados a depilar, exclusivamente, su vello púbico.

A fin de obtener un color rubio en el cabello, las mujeres del siglo VI a.C. se ponían polvo de oro, o bien, se teñían el pelo de amarillo rojizo con espuma de jabón cáustico, a la que se agregaba cenizas y sebo. Esta tarea corría a cago de la ornatrix, la peluquera encargada de la belleza de las romanas, quien también eliminaba las canas con pinzas o pintaba los huecos calvos de la cabeza.

La costumbre de quitarse la barba duró hasta los tiempos del emperador Adriano (76-138), cuando la barba cobró preeminencia y se copió la costumbre griega. Además, con la barba Adriano ocultaba los estragos que una enfermedad le había ocasionado en la cara. Algunos historiadores opinan que Adriano empezó a usar la barba para tapar las cicatrices que le quedaron.

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