Kahuña y los Kahuhanas. Mito Makiritare (Ye’kuana). II Parte

Seruhe Ianadi no pudo hacer nada en la Tierra contra Kahú, así que se regresó al Cielo. Kahú se quedó en la Tierra con esos hombres ya convertidos en animales. Lo que hizo esa criatura maligna fue una lección para los makiritare, quienes desde entonces no entierran la placenta, porque al pudrirse nace un nuevo Kahú, que daña al recién nacido. Desde entonces la placenta se guarda en un nido de comejenes.

Más tarde, Wanadi, que nunca salía del Cielo, quiso ver que sucedía en la Tierra y mandó a otro espíritu, un damodede que se llamaba Nadei’umadi. Deseaba volver buena a la gente y que la muerte dejara de existir. Cuando Wanadi bajó a la Tierra, se sentó, apoyó su cabeza en las manos y se puso a soñar que una mujer nacía, Esa mujer era su madre: Kumariawua. Le volvió a dar vida soñando con el humo de su tabaco y el canto de su maraca. Su madre se levantó, al tiempo que Wanadi soñó que ella iba a morir, y, efectivamente, murió cuando él soñó su muerte. Pero el dios sabía que la muerte era un engaño. Entonces, trajo un gran huevo que tenía la cáscara tan dura como las rocas. Este era el huevo germinal llamado Huehanna. De adentro del huevo provenían muchos gritos y voces de gente que no había nacido. Él los había traído del Cielo a la Tierra. Quería que el huevo se abriera para que la gente saliera, y aunque sabía que Odo’sha no quería que vivieran, él con su poder los haría vivir. Después de morir su madre le pidió ayuda a Kudewa, para que cuidara su tumba, porque en cuanto volviera a vivir y saliera de la sepultura, sería la señal para que los hombres salieran del huevo. También llamó a su sobrino, Tarakaru para que vigilara el huevo. Pero Wanadi olvidó su chacara, bolsa, donde guardaba su poder y su tabaco, y en donde estaba también la noche. La chacara le servía para dormir; cuando estaba muy cansado metía la cabeza y descansaba en su sueño. Le había dicho a Tarakaru que nunca la abriera porque la noche se saldría.

Por fin revivió la madre: se abrió la tierra, salió una mano, luego un brazo y por fin salió la madre toda entera. En cuanto se puso de pie, se convirtió en un loro que gritó. Wanadi la oyó, acudió a ver cómo se abría el huevo, pero cuando iba corriendo, de repente todo se volvió oscuro, alguien había abierto la chacara. Había sido el sobrino que la había abierto para tener el poder de Wanadi, Todo quedó en tinieblas. El curioso y ambicioso sobrino se convirtió en un mono blanco, Kushú, en castigo a su desobediencia. Por eso es el abuelo de todos los monos blancos que existen.

La gente de Wanadi no podía ver y tenía miedo. Odo’sha, contento por lo acontecido, envió a un enano a que echara sobre los humanos orines de Wanadi, a fin de que todos muriesen quemados. Cuando Wanadi llegó, se encontró con cenizas, huesos y carbón. Y pensó que ahora todos morirían. Odo’sha se robó el huevo con la gente dentro, pero no pudo romperlo y se fue. Wanadi recogió el huevo y se fue a esconderlo en una montaña. Después, se fue el Cielo dejando la Tierra en tinieblas. El huevo se quedó en la montaña conteniendo a la gente buena que esperaba la muerte de Odo’sha, para que Wanadi pudiera volver y sacarla.

Wanadi sopló y formó al tercer damodede que se llamaba Attawanadi, quien creó el Sol, Shi; la Luna, Nuuna  –ser masculino y maléfico-, y las estrellas; los hombres antiguos se alegraron y salieron de sus cuevas al nuevo día con sol. Entendieron que Wanadi había vuelto y se quejaron de Odo’sha, porque eran hombres, pero parecían animales y ni ropa tenían. Wanadi volvió al Cielo y envió a la Tierra un mensajero con mucha comida. Odo’sha mal aconsejó a una pareja para que copularan, muchos la imitaron y también murieron.

Cuando regresó Wanadi a la Tierra, construyó una casa y les enseñó a los hombres a hacerlas. Odo’sha construyó una frente a la de su enemigo y metió a la gente mala; mientras que el Espíritu alojó en la suya a la gente buena. Wanadi se fue a poblar nuevos sitios, mientras que Odo’sha se encontraba perdido y no sabía ni qué hacer.

Cuentan los abuelos que el universo está conformado en tres grandes planos: el superior en donde habitan los espíritus; el intermedio en donde se encuentra la Tierra, los hombres y los animales; y el inferior, Koyohuuña, que es el refugio de los espíritus malignos. Estos mundos forman un conjunto cónico circular llamado Sidityadi. La representación terrestre de este sistema de capas es la mole pétrea del Kushamakari, una alta montaña del estado venezolano del Amazonas. El mundo superior está formado por ocho capas o cielos, que parten de la Tierra. En el octavo de los cielos habita Wanadi. En estas capas reinan los jöwai, cierta clase de espíritus benéficos. Las aldeas celestes en donde viven Wanadi y el Sol son inaccesibles para los humanos y para los demonios invisibles que compiten sin cesar, en una lucha entre lo bueno y lo malo. El primer Cielo se llama Yahakudawana y ahí viven los chamanes, igual que en el Yadekunyawana que es el segundo Cielo, y en el tercer Cielo, Mahekunyawana. Los chamanes se alimentan de peces sagrados. El cuarto Cielo es el Yadiinyakuwa, y no se sabe quién lo habita. El quinto Cielo se llama Eneenemaadi. En el sexto viven las tres aves mágicas (muidos) y se denomina Matawahu. El séptimo Cielo, Shiditya-Kumanadi, alberga a los shamanes muertos.

Este pueblo indio considera dos puntos cardinales: el este y el oeste, debido a la veneración que tienen del Sol, ya que son los puntos por donde sale y se mete el astro luminoso. Veneran el horizonte por ser el lugar donde se unen la Tierra y el Firmamento.

 

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