Ipelele Opa llega a la Tierra. Mito Kuna, Dele, II

Existe otra versión del mito de creación que nos dice que en el principio del tiempo todo era espíritu. Sólo existían dos dioses: Nana Dummad, la Gran Madre Tierra y el Gran Padre, Baba Dummad, quien al tener relaciones sexuales con la Madre hizo que pariera a los animales, las plantas y los seres humanos. Dio a luz al dios Muu, Partera, quien continuó con la tarea de producir animales y a los demás seres humanos. La Madre creó dos espíritus: Olobengikiler y Olokekebyai, quienes fueron los encargados de diseminar las plantas sobre la Tierra. El plan del Padre y la Madre era preparar al mundo para la llegada de los kunas muchos siglos después, quienes serían la “gente de oro”.

Los padres dioses llegaron de Sapibenega, Naturaleza. Pasaron por varias capas del universo hasta llegar a ésta, la Tierra. Cuando llegaron sólo había oscuridad, entonces respiraron y produjeron una brisa que la alejó, para dar lugar a la luz. Cuando la Madre Tierra, Nagbuana, fue creada por el dios primario, estaba árida, desnuda, y se vistió con las plantas que ella misma creó; asimismo, dio a luz a los animales y a los seres humanos. Su piel era muy suave.

En ese entonces la Tierra era maravillosa, no había miseria, ni enfermedad ni dolor o sufrimiento. Tampoco había animales ni insectos venenosos. Las plantas carecían de espinas, y las frutas y las plantas se reproducían cada cuatro días. Cuando la diosa quería comer, sólo tenía que desear qué animal le apetecía, para que éste apareciera en el patio, donde ella lo mataba, lo limpiaba y lo asaba. Además, no se conocía la muerte ni había espíritus.

Los primeros seres humanos que crearon los espíritus Olobengikiler y Olokekebyai fueron: Biler y su pareja Bursobi. Ellos tuvieron cinco hijos que fueron poderosos chamanes, quienes a su vez procrearon hijos que eran una mezcla entre animales y humanos, como Tapir Hombre, que tenía el vientre grande y dormía en el fango; Jaguar Hombre, feroz y de cauteloso paso; y Mono Hombre, de pelo rojo y ladrón. Algunos de los hijos de esta primordial pareja fueron espíritus malos que causaban enfermedades, parálisis, tumores y vómitos. Otros hijos destacados fueron el Padre del Frío y los violentos Vientos Huracanados. Estos hijos se volvieron corruptos y viciosos; se emborrachaban y se peleaban, y empleaban su magia con descuido. Debido a tal corrupción, el cuerpo de la Madre se endureció, las plantas se hicieron fibrosas y resistentes, su savia amarga y picosa; los bosques se llenaron de malos olores, las espinas aparecieron y las plantas frutales ya no dieron frutos en abundancia. Cuando llovía, los ríos tenían rápidos torrentes y los rayos del Sol quemaban la piel. Todo cambio: la naturaleza de ser benigna y protectora de los humanos, se volvió impredecible y traidora.

Dada la situación, el Gran Padre envió a la Tierra algunos hombres buenos, con el propósito de que les diesen consejos a los hombres malos y pudieran  regresarlos al buen camino. Recorrían la Tierra de dos en dos y cantaban y les hablaban a los habitantes de las comunidades. A los que no aceptaban volverse buenos les daban castigos ejemplares. Pero los hombres no entendieron razones, y les dijeron a los misioneros que ellos sabían lo que hacían y que no se metieran en sus asuntos. Entonces, el Gran Padre decidió enviarles terremotos y ciclones en castigo a su comportamiento. Volcó la superficie de la Tierra y todos cayeron en el cuarto nivel del cosmos, donde aún viven en forma de espíritus.

Pasados estos acontecimientos, la población de la Tierra empezó a aumentar, y con ello volvió la degeneración de los hombres. Entonces, el Gran Padre envió a un hombre llamado Mago, quien anduvo por la Tierra tratando de devolver a las personas el sentido de la moralidad y de la rectitud. Mago eligió a una mujer que tenía tres hijos, dos gemelos y un tercero que se llamaba Olonitalibipilele, a más de una muchacha cuyo nombre era Kabayai. Estos últimos tenían relaciones incestuosas, de las cuales nació Dad Ibe, el Sol, y seis hijos, más una hermana: ellos fueron las estrellas.

Como en ese entonces había animales venenosos y espíritus que causaban las enfermedades, el Sol y las estrellas tomaron la tarea de disminuir la energía maligna de los espíritus y fueron ayudados por el Gran Padre, que también les enseñó a cantar y a conocer las medicinas por medio de sueños. Así, el Sol y las estrellas aprendieron a conocer las medicinas engañando a los espíritus para que hablaran y les dieran su conocimiento; es decir, empleando la astucia. Otras veces, les pagaron la información dándoles una bebida tóxica hecha de tabaco, de barbasco, de chile y de pimientas, para que la conocieran y valoraran. No pararon en mientes para enamorar a las hijas de los espíritus y poder acceder al conocimiento de sus padres. Dad Ibe y sus hermanos aprendieron a usar el canto y las medicinas para poder contrarrestar la energía negativa de los espíritus y disminuirles el poder. Ya que cumplieron con su cometido, el Sol y sus hermanos se fueron a vivir al Cielo.

La Tierra se destruyó cuatro veces a causa de la corrupción,  por el viento, el fuego, la oscuridad y la inundación. Después de la inundación aparecieron unos hombres que se parecían a los kunas, pero que no tenían cultura ni historia, eran como animales y andaban semidesnudos. Eran ignorantes, no conocían las ceremonias, desconocían los lazos de parentesco, y no enterraban a sus muertos sino que los abandonaban en las tierras cercanas a las aldeas. Entonces EL Gran Padre envió a Ibeorgun y a su hermana Olokikadiryai, para que enseñaran a esa gente a vivir. Retomó las enseñanzas del Sol, que habían sido olvidadas. Ibeorgun era gandule; es decir, cantor en las ceremonias de pubertad. Lo vistieron con ropas de oro y le adornaron con un plumaje de águilas y de pájaros, y así le enseñó a la gente las ceremonias del nacimiento, la pubertad y la muerte. Les dijo los nombres de las partes del cuerpo, los términos del parentesco y las palabras para que se comunicaran; además les enseño a cantar y a llevar sus negocios.

Por su parte, Olokikadiryai llegó a la Tierra vestida elegantemente: anillo de oro en la nariz, collares de oro y plata, faldas, granos amarillos en los brazos y las piernas, blusas de mola. Enseñó a las mujeres a hacer su ropa y a saber usarla, a hacer hamacas, a trabajar el barro, a preparar los alimentos y las bebidas, y a cuidar a los hijos. Los dos hermanos estuvieron por muchos años visitando las comunidades. Terminada su misión desaparecieron, y nueve chamanes de gran potencia continuaron enseñando a los humanos. Fue en este tiempo que los hombres blancos vinieron de una tierra llamada Yurub, Europa, y aterrizaron en la costa de Kuna Yala.

 

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