El Teñido del Cabello. Primera Parte

Por la mañana temprano brillaba el sol, yo estaba tumbado en la cama preguntándome si ella había cambiado, si su cabello sería rojo todavía. Fragmento de una canción de Bob Dylan.

Modificar el color natural del cabello no es una práctica moderna, data de muchos siglos atrás, pues ya los egipcios,  persas, asirios, griegos, hebreos, y demás culturas antiguas de la humanidad, solían practicar el tinte capilar. Incluso podríamos decir que en la prehistoria hombres y mujeres llegaron a teñirse el pelo, pues ya conocían la pintura corporal. Evidencias arqueológicas sostienen que los neandertales gustaban de cambiar el color de su pelo y piel. Por su parte, los galos y los sajones, se pintaban el cabello para distinguir su rango social y para inspirar miedo en sus enemigos; los hombres  babilonios,  adoraban  esparcirse polvo de oro en el pelo para hacerlo más bello.

Por su parte, los indios de Suramérica también se teñían, y tiñen, el cabello. Por ejemplo, en el Ecuador las mujeres se pintaban el pelo lavándoselo con agua de cortezas de ciertos árboles, hervida junto con frijoles. También  usaban un líquido negro que se sacaba de las hojas de la Gunnera Sp.,  el cual tenía el poder de oscurecer el cabello tanto como el nogal, Juglans Neotropica. En cambio, las indígenas de Perú hervían la raíz del chuchau, magüey, junto con otras hierbas, a fin de ennegrecer su largo y hermoso pelo. Para conseguir un cabello negro azuloso, las indias bolivianas se lo lavaban con úrea fermentada; y las mujeres yucunas empleaban la hoja de lana hervida, Genipa, a la cual agregaban hormigas.

El teñido  en la Antigüedad. Hacia el año 3,400 a.C., en Egipto la apariencia externa era de suma importancia, pues entre otras cosas marcaba el estatus social al que se pertenecía. Preocupados por conservar una apariencia juvenil, los egipcios empleaban un ungüento hecho de jugo de bayas de enebro, Juniperus Communis, a fin de mantener un hermoso color negro, muy gustado por los ellos. Para lograr el pigmento negro se empleaba el índigo que se obtenía de la planta Indigofera Tinctoria, que abundaba en las riberas del Nilo.

Se han encontrado tumbas faraónicas que demuestran el uso de la henna para teñirse el pelo de rojo. Cuando aparecían las canas, para cubrirlas los egipcios  empleaban un preparado de henna, sangre de vaca negra hervida y aceite; o bien, grasa de serpiente negra en lugar de aceite. La henna podía mezclarse con sangre de buey y renacuajos machacados, lo cual permitía matizar el color que se deseaba, siempre en tonos rojizos. Esta planta también se usaba para teñir, temporalmente, las uñas y la piel. Como lo demuestran algunas pinturas que datan de la XVIII Dinastía. En el antiguo Egipto una mujer se consideraba indecente si aparecía en público sin haberse teñido las uñas con henna.

La egiptóloga británica Joann Fletcher, especializada en el estudio del cabello de las momias, nos informa que Ramsés II uso la henna para teñirse el pelo y así ocultar sus canas que abundaban en su cabeza cuando murió a los 80 años de edad.

La henna se ha empleado en muy variadas culturas con el propósito de cambiar el color cabello. Hace miles de años se empleaba en África, en Medio Oriente y en la India. Produce un bello color rojizo. Asimismo, se usa para pintar diseños en las manos, los pies y, en general, en diferentes partes del cuerpo. El primer registro del uso de la henna por los musulmanes, data de 1,500 a.C.  Mahoma la consideraba la mejor de las plantas y teñía con ella su barba. Los mahometanos le atribuyen propiedades curativas de muchas enfermedades.

En Mesopotamia floreció la cultura de los sumerios, quienes se denominaban a sí mismo ag-giga, “los de cabeza negra”. Los hombres gustaban de rasurarse la cabeza y la barba, y las mujeres se peinaban su largo pelo en un chongo, al que espolvoreaban con pintura dorada. En el período babilónico, se empezó a emplear la henna para colorear el cabello, planta a la cual secaban y la machacaban en agua, hasta lograr una pasta que se untaban en el pelo. Con ella obtenían colores rojizos y marrones. Además, la planta se utilizaba para alejar a los malos espíritus y para quitar los hongos de la piel.

Los griegos antiguos gustaban mucho de tener el cabello de color dorado, aparte de tener muchas recetas para perfumarlo y suavizarlo, usaban una mezcla de flores amarillas de azafrán y agua de potasio, para teñirlo de rubio.

Hacia el año 500 a.C., los romanos se pintaban el pelo con el objeto de indicar  la clase social a la que pertenecían. Así por ejemplo, las mujeres de clase noble se aplicaban color rojo; las pertenecientes a la clase media utilizaban el rubio, y aquellas que carecían de holganza económica, las mujeres del pueblo, se teñían de negro. Se dice que las mujeres romanas contaban con más de cien recetas para teñirse el cabello, todas ellas preparadas con  ingredientes naturales. Para otros investigadores, el color rubio fue el más popular en la antigua Roma, pues se asociaba con el exotismo de las mujeres extranjeras del norte como las galas y las germanas. Por ley, las prostitutas debían teñirse el pelo de color rubio. Les seguían en popularidad el color rojo y el negro. Los romanos más adinerados podían permitirse espolvorear sus cabelleras con polvo de oro, como lo hacía el emperador Commodus (161-192 a.C.) quien fuera famoso por su espolvoreada cabellera dorada.

Los romanos emplearon diferentes sustancias para teñir su pelambre: la henna, diversos tipos de bayas, vinagre, y cáscaras de nuez trituradas. Para colorear de negro usaban sanguijuelas mezcladas con vinagre. Se dejaba fermentar dicha preparación durante dos meses, y se la aplicaba al cabello colocándose bajo los rayos del sol hasta que se obtenía el color deseado. Plinio el Viejo (23-79), escritor latino y científico, decía: …dejar cuarenta días sanguijuelas reposando en vino tinto, y luego con el jugo obtenido colorear el cabello.

Los romanos también utilizaban una mezcla de flores de azafrán para conseguir un hermoso color rubio. Para decolorarlo empleaban agua de potasio, agua oxigenada, o bien lejía.

Variadas sustancias se han utilizado desde la antigüedad para teñir el pelo. Entre ellas se encuentra el kohl, ya mencionado en el Libro de Enoc (libro intertestamentario de la Biblia de la Iglesia Copta), como un producto para pintarse los ojos, pues Jezabel, la reina del antiguo Israel,  se los estaba pintando mientras esperaba a Jehú, undécimo rey de Israel, en la ciudad de Jezreel.

En la actualidad, el kohl se hace con hollín más otros ingredientes, para ser empleado por las mujeres y los hombres de Medio Oriente, Sur de Asia y África. Con él se oscurecen los párpados y las pestañas.

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