El pan que comió Cristóbal Colón en América. Segunda Parte

COLÓN LLEGA A AMÉRICA.

Los aventureros comenzaron su viaje tomando aguas del Mar Tenebroso con dirección hacia el poniente. Después de muchos problemas de toda índole –e incluso un intento de motín- llegaron el 12 de octubre de 1492, a la isla Guanahani, rebautizada por Colón con el nombre de San Salvador. Al bajar de la carabela con la bandera real, fue seguido de dos capitanes que portaban sendas banderas llamadas de la Cruz Verde. Según Colón consigna en su Diario vieron “… gentes desnudas, árboles muy verdes, aguas muchas y frutas de distintas maneras” que los indígenas obsequiaron al Almirante. Éste, retribuyéndolos, les dio “Bonetes colorados y cuentas de vidrio, que se ponían al pescuezo, y otras muchas cosas de poco valor con que hobieron mucho placer y quedaron tanto nuestros que era maravilla”.

Una vez tonada en posesión la isla, arribó a otras dos del mismo grupo que designó con los nombres de Fernandina e Isabela, en honor de los Reyes Católicos.

Continuó su recorrido y, el domingo 28 de octubre del mismo año, llegó a la isla de Cobba o Cuba, la cual siempre pensó como su Cipango añorado, pues nunca supo que era una isla. Partiendo de Cuba por su punta oriental y tomando hacia el sureste, se encontró, el 9 de diciembre, con la isla Bohío, “… de grandes valles y campiñas, y montañas al término, todo a semejanza de Castilla”. Y debido a esta semejanza, dióle el nombre de la Española. El desembarco ocurrió en la Bahía de la Concepción; recorrió la costa y colocó una gran cruz en el territorio que, con el paso del tiempo, se convertiría en República Dominicana y Haití. Fue en esta isla donde Cristóbal Colón comió el primer pan hecho por los indígenas americanos.

¿QUIÉNES ERAN LOS HABITANTES DE LA ANTIGUA ESPAÑOLA?

Cuando Colón llegó a la isla se encontró con dos grupos de indios: Los siboneyes y los tainos. Fue con estos últimos con quienes tuvo el primer contacto. Los siboneyes, de origen poco claro, parecen haber sido los sobrevivientes de los antiguos pobladores de la española, asentados hacia el año 5,000 a.C. Los tainos o arahuacos, llegaron en la segunda mitad del primer milenio a.C. y empujaron a los siboneyes a la parte sur de la isla.

A la llegada de Colón sobrevivían los siboneyes en un número muy reducido, conviviendo con los tainos. Éstos hablaban la lengua arawak y habían llegado procedentes de la costa norte de la actual Guayana venezolana, de donde huían de los indios guerreros antropófagos: los caribes.

El jefe taino que recibió a Colón se llamaba Guacanagaric y gobernaba en las provincias de Marién, Magua, Xeragua e Higuey. La sociedad indígena estaba gobernada por una oligarquía asistida por el Nytaino o Consejo de Ancianos, encargado de vigilar que se cumpliesen las costumbres y las tradiciones. Cada provincia contaba con un jefe o cacique.

Los tainos vivían en poblados hasta de tres mil habitantes. Sus casas eran rectangulares o circulares, cuya techumbre tomaba la forma de un cono.

Los encargados de la religión y de la medicina; es decir, los sacerdotes y los curanderos, se denominaban butios. Los tainos eran animistas. Creían en espíritus que se manifestaban en la naturaleza y en el cuerpo. Sus dioses llamados zeme, representaban al sol, la luna y otros astros o elementos de la naturaleza. Los zeme servían como amuletos, los hacían de diversos materiales: concha, madera, piedra y oro.

Vivían del cultivo del maíz, la caza, la pesca y la recolección. Colon en su diario registró que poseían el algodón y eran capaces de elaborar tela con husos. Fabricaban máscaras que adornaban con oro; hacían esteras y asientos de maderas preciosas como la caoba. También construían canoas y piraguas grandes para resistir los embates del mar.

Las mujeres se dedicaban a la cerámica. Su producción incluía tazones, platos y vasijas que alcanzaban una maestría comparable a la producción de los indios mexicanos y peruanos. Especialmente notables eral los vasos rituales, sobre los que pintaban rostros humanos y animales como tortugas, lagartos, lagartijas, sapos; a más de diseños geométricos decorados en negro, rojo y violeta.

Uno de los alimentos favoritos de los araucanos eran unas galletas elaboradas con mandioca, de la cual obtenían una harina muy nutritiva conocida como casabe. En un reporte a los Reyes Católicos, Colón consigno su primera tarde en la Española y menciona el “delicioso y dulce pan” que los indios le dieron a probar.

¿CÓMO ESTABA HECHO EL PAN QUE COMIÓ COLÓN EN LA ESPAÑOLA?

Refrescando mi memoria acerca de este singular personaje y conociendo un poco de la cultura taina, me di a la tarea de averiguar cómo estaban hechas esas famosas galletas que acostumbraban comer los tainos y que tanto le habían gustado a Colón. Entonces, decidí ir a la Española para ver in situ los lugares por donde transitara el Almirante. Llené una maleta con alguna ropa y libros, y una calurosa mañana del mes de agosto llegué al aeropuerto de Las Américas en Santo Domingo, capital de la República Dominicana situada en la costa sureste de la Española. La ciudad la fundó Bartolomé Colón en 1496 y fue la primera que los españoles establecieron en América. En esta bella ciudad empecé mis indagaciones.

Después de quince días de investigación, había yo logrado recrear la receta del famoso pan de Colón. la materia prima empleada por los tainos provino de un de dos tubérculos: el ñame o la mandioca, ambos muy utilizados en la alimentación de los antiguos pobladores indígenas. De entre los dos, mis investigaciones me llevaron a concluir, por comparaciones etnográficas y lecturas de documentos varios, que la mandioca la que dio origen al mencionado pan.

Sobre la mandioca sabemos que su nombre proviene de la voz guaraní mandiog. Su parte comestible es la raíz granulosa. Es un arbusto de la familia de las euforbiaceas, de dos a tres metros de altura, con hojas divididas y flores dispuestas en racimos y enorme raíz tuberosa, que en México conocemos como guacamote. Los tainos la comían cocida o en forma de pan.

Para elaborar dicho pan, los indios partían en trozos, más o menos pequeños, la raíz. En un zurrón tejido con palma, de aproximadamente treinta o treinta y cinco centímetros, los ponían a deshidratar al aire libre sin que les diera el sol, cuestión de que la desecación fuese paulatina. Secos ya los trozos, se molían en una especie de mortero hasta obtener una harina que se cernía hasta hacerla fina. Esta harina se tostaba muy ligeramente y se le agregaba agua, aceite vegetal o grasa animal y se amasaba. Después se le añadía camote dulce o yuca, previamente hervido y machacado, para dar un sabor dulce y agradable. También podía emplearse miel silvestre e lugar de camote. Una vez que la masa adquiría la consistencia deseada, muy semejante a la de nuestra masa de maíz, se elaboraban unas galletas torteándolas con las palmas de las manos. Las galletas medían alrededor de diez centímetros de diámetro, y se cocían en un gran comal de barro asentado sobre tres o cuatro piedras en un hogar que se colocaba en el suelo y se calentaba con leña o varas del entorno natural. As tortas se cocían por los dos lados hasta lograr el cocimiento deseado.

Regresé a México con la receta escrita en un simple papel y con muchas ganas de volverla realidad lo más pronto posible. A las siete de la mañana de una mañana fría de septiembre. Todo el equipo técnico japonés, mi madre y una locutora con la que platico en inglés, vamos en una combi hacia Xochimilco, a una chinampa en donde se ha instalado un hogar calentado con leña y sobre el que se ha depositado un gran comal de barro.

Llegamos tiritando y nos pusimos manos a la obra. La harina, el agua y los ingredientes son mezclados por las expertas manos de Ofelia – mi intrépida madre-  bajo los rasgados ojos de los japoneses y los redondos de las cámaras de video. Empieza el torteo, la masa se vuelve redonda, Ofelia pone la torta sobre el comal, se cuece, comienza a dorarse como un sol indígena; la levanto, trémula de emoción, la muerdo -primero tímidamente, luego ya sin prejuicios-  mi paladar la gusta, la degusta, la cata… ¡Es maravillosa! ¡Sabe muy bien, tan bien como le supo a Colón hace la friolera de quinientos años!

 

 

 

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