Una gallega entre los muertos

Me gustaría estar en México los días que ustedes conmemoran a los muertos. Voy a Guanajuato a un encuentro sobre tradición oral en noviembre. ¿Sabes de algún hotel que no sea caro y esté en el centro de la ciudad de México?

Decía el email de mi amiga gallega Carmen. De inmediato le contesté ofreciéndole mi casa cerca del centro de la Ciudad y bien comunicada. Aceptó la invitación. Ya en México me comentó de su trabajo. Ella colabora con la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica, agrupación española que le da dolores de cabeza al neofranquismo, desenterrando cadáveres en fosas clandestinas de gente asesinada por el fascismo español. La diferencia de estas fosas y las nuestras es que aquellas son la Guerra Civil Española y las nuestras, son de la que todavía no empieza.

Su ponencia para el Encuentro en Guanajuato fue sobre lo sucedido la noche del 29 de octubre de 1937, durante la guerra, cuando fueron asesinados por falangistas el comandante Moreno y sus dieciséis milicianos anarquistas que regresaban del frente de Asturias hacia Galicia. Las fosas donde fueron enterrados se descubrieron en 2007, gracias a la tradición oral y al Romance del comandante Moreno que canta Severiana Murias. Este romance, con estructura de corrido mexicano, puede ser escuchado en Youtube. ¿En España anda desenterrando muertos y en México quiere ver las festividades del día de Muertos?.. Bueno.

 Le hice programa para los días uno y dos: el dos de noviembre visita obligada a Ciudad Universitaria, con sus ofrendas en la explanada. También al Jardín Centenario en el centro de Coyoacán y al Museo de Culturas Populares para comer tamales. Además de los altares en Coyoacán, obligado un panteón el día primero. Descarté el de Mixquic porque éste ha sido transformado por Televisa y de su originalidad no le queda más que el nombre. Fuimos al de Tecomitl, en Milpa Alta, donde celebran a los muertos construyendo con tierra un monumento efímero sobre las fosas de sus seres queridos. Las adornan con cempasúchil, piedritas, calaveras y lo que dé la creatividad de cada quién; sin faltar la música de tríos, conjuntos norteños o solistas. De todo lo visto tomaba nota y en sus ojos había asombro. Comimos garnachas con pulque en los puestos de comida que se ponen a la entrada del cementerio; para nada le preocupó la higiene del sitio. A mí sí por aquello de la venganza de Moctezuma. Pero su buena voluntad pudo más que las bacterias.

 Donde el asombro la desbordó fue en la noche en la casa de mi pareja, en Xochimilco, donde nos quedamos a dormir. Ella cada año pone altar de muertos con camino de pétalos de cempasúchil, fotos, comida, botellas, cigarros, veladoras y flores. Antes de cenar prende las veladoras y da la bienvenida a los difuntos de ella y míos. Por supuesto, en esta ocasión, también a los de nuestra invitada. Si no ha sido porque Carmen usa lentes, los ojos se le salen. Después de cenar me preguntó si de veras venían los muertos. Mi respuesta fue afirmativa, con la aclaración que como invitados se iban a portar bien: no se harían visibles, comerían sin que lo notáramos, no sonarían cadenas, no despedirían olores ni nada parecido. Mi explicación parece que no fue muy convincente: Al otro día me dijo que le costó trabajo quedarse dormida.

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