Los primeros médicos y curaciones de la Nueva España

Llegan los médicos españoles a la Nueva España. Un cierto boticario y cirujano al que llamaban bachiller Escobar, formaba parte de los acompañantes de Hernán Cortés en sus expediciones de conquista. Se trataba de un boticario y cirujano citado por Bernal Díaz del Castillo en su crónica Historia verdadera de la conquista de Nueva España, y de quien no se sabe casi nada, pero que se dedicó a curar a los soldados de la tropa cuando era necesario. Dice el cronista: …E pasó otro soldado que se ezía del bachiller Escobar, era boticario u curava de curujano; murió de su muerte.

Otro médico y cirujano que llegó con los conquistadores fue Juan del Rey, que estaba con las tropas de Francisco Montejo en Yucatán, quien según el  mismo historiador, le curó un ojo a Pánfilo Narváez que lo traía herido, pues era cirujano, médico y herbolario. Otro médico que curaba quemando las heridas de los soldados españoles, tuvo por nombre Juan Catalán, a quien tocó quemar con aceite las heridas de los invasores durante el sitio de Tenochtitlan. Asimismo, se tienen noticias de otro médico que se nombraba Murcia y era de profesión boticario y barbero. Para cuando Hernán Cortés partió a las Hibueras llevaba con él a un tal Pedro López, quien fungía como médico del Capitán, y que posteriormente fuera nombrado protomédico de la Nueva España. Este médico atendió a la primera esposa del conquistador, doña Juana de Zíñiga. A decir de Luis Weckmann en su libro La herencia medieval de México, refiriéndose a lo que afirma Aguirre Beltrán: Los primeros médicos eran ensalmadores, curanderos, algebristas (u osteópatas) sangradores y barberos-cirujanos y flebotomistas, o sea especialistas entre otras técnicas, en la aplicación de ventosas y de sanguijuelas.

En 1521, llegó a México el sevillano Cristóbal de Ojeda, quien en 1529, atendió en varias ocasiones a Cuauhtémoc, cuando le fueron quemados las manos y los pies por el cruel Capitán General. Auxiliado por indígenas conocedores de la medicina, le puso al emperador un preparado de tepezcuahuitl en sus secos y hediondos miembros brutalmente quemados, para evitar que se infectaran. Francisco de Soto, cirujano barbero, arribó a la Nueva España y fue nombrado por el cabildo civil cirujano oficial de la capital. Fray Agustín Farfán el primer médico formal de la Nueva España, cuyo nombre fue Pedro García Farfán, como se le llamó cuando nació en Sevilla en 1532 (Ca). Después de haber estudiado en las universidades de Alcalá de Henares y de Sevilla, se mudó, en 1557, a la Nueva España, donde vivió en Oaxaca y en Puebla. Después se asentó en la capital, entró en la Universidad y se graduó de doctor en el año de 1567. Dos años después, se convirtió en fraile agustino y tomó el nombre de Fray Agustín. Este médico, antes de intentar la curación de un enfermo le mandaba ir a confesarse y a preparase para una buena muerte, no fuera a ser que el tratamiento no resultara. Basado en el estudio de Avicena, en su obra Tratado breve de Medicina, afirmaba que el cuerpo humano constaba de ciento cuarenta y ocho huesos y de quinientos treinta y un músculos. Farfán sostenía que dos grandes enfermedades eran muy comunes en la Nueva España: la melancolía y el pasmo: la melancolía natural se producía por las heces de la sangre, y la melancolía adusta se generaba en el hígado, ambas provocaban sofocación; por su parte, el pasmo producía encogimiento de los nervios. Afirmaba el galeno que los humores del cuerpo humano eran cuatro: la bilis o cólera que era caliente y seca; la flema, húmeda y fría; y la melancolía que era seca y fría. Cuando las personas enfermaban se debía a que los humores se trastornaban; así los dolores de los músculos de la garganta (esquilencia) se debían a un corrimiento del humos colérico: el catarro a los humores fríos; el mal estado de los humores flemáticos producía la ciática; y el desmayo lo causaban los humores que del estómago se subían a la cabeza. Este médico para curar ciertas enfermedades como las apostemas (hinchazón), tumores en el cuerpo, llagas frescas (heridas), úlceras, quemaduras, y bubas (sífilis) emplea la terapéutica de la época: purgas, ventosas, pociones, emplastos, cauterizaciones e infusiones de hierbas indígenas.

Francisco Hernández de Toledo. Según la autora de este artículo, don Francisco Hernández de Toledo, también conocido como Francisco Hernández de Boncalo, nació en alguna fecha comprendida entre los años de 1514 y 1517, en la Puebla de Montalbán, perteneciente a Toledo, en España. Realizó estudios de medicina en la Universidad de Alcalá de Henares, de otra manera llamada Universidad Complutense, fundada por el famoso Cardenal Cisneros, tercer inquisidor general del reino de Castilla. (Cfr. Francisco Hernández de Toledo, www.komoni.com)  Felipe II le envió a la Nueva España donde le nombró Protomédico General de las Indias. Llegó a México en el año de 1572, donde estudio la herbolaria indígena y escribió el libro Historia de la plantas de la Nueva España, de mucha ayuda para los médicos, integrado por seis volúmenes ilustrados.

Las enfermeras. O protoenfermeras como se las ha llamado, también ayudaban a curar y asistir a los soldaos heridos. Una de ellas llegó con Hernán Cortes y se llamó Isabel Rodríguez, que si era necesario también sabía tomar las armas. Junto con ella vinieron María de Estrada, esposa de Alonso Martín, Beatriz González, Beatriz Palacio, Juana Martín, Juana Mansilla y Beatriz Muñoz que acompañó a Cortes en su viaje a las Hibueras. Todas ellas sin ser doctoras ayudaron a la cura de varios soldados de Cortés.

Algunas curaciones comunes en la Nueva España. Aparte de las ya mencionadas fueron: para curarse las cámaras de sangre (podre, pus) se recetaba beber chocolate con polvos de huesos de gigante. Para restaurar las heridas se empleaba un hierro al rojo vivo para cauterizarlas, o bien, utilizar aceite hirviendo; si no había a la mano aceite, era aconsejable utilizar cebo extraído del cuerpo de los indios corpulentos. Para cauterizar también se empleaba el sublimado dulce de mercurio, el cual se disolvía en agua, y al que se denominaba Agua de Solimán. Los emplastos de cocimiento de paja, plumas y excremento de dos nidos de golondrinas se consideraba maravillosos para curar todo tipo de inflamaciones. Para sanar las llagas el ensalmo era excelente, en el cual se combinaban medicamentos y fórmulas mágicas; las medicinas de los ensalmos comprendían preparados con aceite, ceniza, miel, tocino y pelos de perros. La sangría se empleaba para aliviar enfermedades tales como el tabardete, el pasmo, el dolor de ijada, los cólicos, la viruela, y otras muchas más. Para el envenenamiento se utilizaban polvos de cuerno de unicornio (algo difíciles de conseguir) o el bezoar (cálculos de las vías digestivas o urinarias de algunos mamíferos como vacas toros, cabras y ciervos), que además de ser un eficaz contraveneno, servía para curar el corazón, la diarrea, las fiebres malignas y la viruela. Esta piedra se empleaba desde muy antiguo en Europa y en Persia.

Las enfermedades de magia y hechicería en la Nueva España. Uno de los males populares de la Nueva España fue “el mal de ojo” que llegó procedente de la zona mediterránea española. Se le consideraba como el poder maléfico que poseían ciertas mujeres para causar algún mal principalmente en los niños. Solían curarse los atacados de mal de ojo, con los poderes de un huevo, y para evitarse el daño debían  llevar un amuleto, como el asta de un ciervo que se debía colgar en el pecho del infante. Muchas fueron las personas que la Inquisición encarceló por provocar o curar el mal de ojo, como sucedió a Bárbola de Zamora, sirvienta de Zacatecas. El susto, cuyos síntomas eran la tristeza, la apatía y un sueño continuo, afectaba sobre todo a la sombra de los muchachitos. El empacho era una enfermedad de origen mágico, y debía curarse, como lo hacía Farfán, con mostaza y agua. El espanto, que sufren aquellos que no le han rezado como debieran a sus muertos, y son asustados por éstos, se inició en los primeros años de la Colonia, así como el mal aire ocasionado por chiflones, y la caída de mollera. Todas estas enfermedades de índole mágica, se han mantenido hasta nuestros días, así como sus curaciones también relacionadas con la magia y la hechicería.

Los médicos indígenas de la Nueva España. Martín de la Cruz, nació en Chililico, Xochimilco, en las postrimerías del siglo XV. Cursó sus estudios en el Calmecac, y cuando contaba con cincuenta años entró al Real Colegio de Santa Cruz de Tlatelolco. Escribió Amate Céhuatl Xpihuitl Pitli a la manera de los códices indígenas. Su obra fue traducida al latín  por Juan Badiano y se llamó Libellus de medicinalibus indorum herbis (o Códice de la Cruz-Badiano) que le fuera dedicada al virrey don Antonio de Mendoza en el año de 1552. El libro está compuesto de trece capítulos que tratan acerca de las hierbas que deben emplearse para determinadas enfermedades. Se trata de una de las más antiguas fuentes de la medicina prehispánica, que muchos de los médicos españoles de la época llegaron a conocer y a aplicar sus hierbas. Está importante obra le fue enviada a Carlos V hasta España. Otros médicos indios fueron Antón Martín y Gavriel (sic) Mariano, Francisco de la Cruz, Joseph Hernández, Antonio Martínez, Baltasar Xuárez y Juan Pérez, todos los cuales habían nacido en Tenochtitlan. Otros fueron originarios de Tlatelolco como Gaspar Matías, Pedro de Santiago, Francisco Simón, Miguel Motolinia, Pedro Requena y Miguel Damián. Todos ellos empleaban medicina indígena, muy usual en la época, y hasta fray Juan de Zumárraga llegó a enviar hierbas a España para que las usasen como medicina. Estas hierbas servían para curar muchas enfermedades, entre ellas la sífilis, tan común en la época colonial.

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