La Castañeda, la Puerta al Infierno

La Castañeda fue una hacienda cuyo dueño, Torres Adalid, conocido productor de pulque, tenía en el pueblo de Mixcoac. En esta hacienda existía un lugar acondicionado para paseos, y donde se efectuaban fiestas y encuentros musicales todos los fines de semana. La entrada costaba veinticinco centavos.

A Ignacio Torres Adalid (1835-1914), se le conocía con el mote de El Rey del Pulque, por las múltiples haciendas pulqueras que tenía en Hidalgo. Era un hombre de mal carácter que había padecido de poliomielitis en su niñez por lo que tenía una pierna más delgada que la otra. En la hacienda de La Castañeda, Ignacio había construido un dispensario y una escuela para sus peones.

Con motivo de los festejos del Centenario de la Independencia, su amigo del alma, Porfirio Díaz, que era presidente de la República en ese momento, le pidió a Torres que le cediese los terrenos donde se encontraba la hacienda para construir un centro que atendiera a  enfermos mentales que hasta el momento se encontraban diseminados en varios lugares como en el Hospital de San Hipólito, construido en 1567, que albergaba locos y “endemoniados, y del Divino Salvador, que daba asilo a mujeres dementes desde 1687. El médico encargado del centro fue Eduardo Liceaga (1839-1920), destacado higienista del siglo XIX, y en su construcción participaron Porfirio Díaz Ortega cuarto hijo del tirano que era ingeniero militar de profesión, y Salvador Echegaray quien diseño el edificio. Su diseño fue una copia del hospital francés llamado Charenton de París, Francia.

El Manicomio General de La Castañeda se inauguró en 1910, el día primero de septiembre. El edificio era afrancesado y muy bello. Al entrar en funciones recibió cuatrocientos veintinueve mujeres procedentes del Divino Salvador, y tres ciento cincuenta hombres llegados de San Hipólito. La mayoría de los enfermos fueron “epilépticos” considerados como idiopáticos, y más adelante se les diagnosticaba como neuróticas a las mujeres y como alcohólicos a los hombres.

Pasados tres años de su inauguración La Castañeda contaba con un pabellón que alojaba a enfermos de buena posición, que no fueran agresivos. En el Pabellón de observación se encontraban los pacientes que hasta el momento no habían sido diagnosticados, pero que no pertenecían a familias pudientes ni habían sido remitidos por la policía, luego se les alojaba en el pabellón correspondiente, siempre y cuando no tuviesen alguna enfermedad infecciosa. Los pacientes agresivos y criminales se colocaban en la pabellón de pacientes peligrosos. Luego estaban el pabellón de los epilépticos, de los imbéciles (retraso mental), y el de los pacientes infecciosos que tenían tifoidea, lepra, sífilis, etcétera. Los pabellones eran atendidos por trescientos cincuenta y cinco empleados, con quinientos cincuenta enfermos. Al fondo de los pabellones existía un anfiteatro para disección.

Para 1920, La Castañeda contaba con muy pocos recursos y estaba sobresaturado. Los enfermos mentales eran discriminados y maltratados, y la mayoría de ellos abandonados por sus familias. La institución les daba albergue, pero no se daba abasto. Se les trataba de instruir para que fuesen útiles y se organizaban equipos de box, béisbol y baloncesto. Había un huerto y un gallinero, y otros animales como vacas y cochinos. Los pacientes llegaron a alcanzar el número de tres mil quinientos, quienes no estaban bien atendidos por la escasez de medicamentos y de médicos.

Un artículo aparecido en Anti-Siquiatría, titulado La Gran Castañeda, no firmado nos refiere:

Había cuatro distintas clases de prisioneros dependiendo de la clase social a la que pertenecían. La cuarta clase, los llamados pensionistas, la constituía la mayoría de los internados, cuyas familias no pagaban costo alguno. Cuando no se habían inventado los neurolépticos, en La Castañeda se usaba el cloral, el opio y los bromuros: sustancias que deprimen la corteza cerebral. A partir de los 1930 se inició la práctica del shock insulínico y el shock de Metrazol, agregándose después el electroshock clásico y la lobotomía. En los 1960 se inició la drogadicción de los prisioneros con neurolépticos: un programa auspiciado, entre otros, por el doctor Dionisio Nieto, un refugiado español considerado “un organicista empedernido” (ahora lo llamaríamos un biorreduccionista empedernido) que influyó considerablemente en la siquiatría mexicana. La mayoría de los internados en La Castañeda eran hombres y mujeres de veinte a cuarenta años, aunque a partir de la reconstrucción de 1940 el manicomio contó con un pabellón para niños.

Los tratamientos que se les daban a los enfermos eran inhumanos: a los enfermos se les metía en una tina con agua ardiendo, mientras que se les colocaba en la cabeza bolsas de hielo, tratamiento que en muchas ocasiones provocó la muerte de los pacientes. Y esto es tan sólo un ejemplo de los “cuidados” a los que sometían a los enfermos.

Un interesante testimonio nos lo ofrece un ex paciente de La Castañeda de nombre Enrique, publicado en el periódico Zócalo- Saltillo: Estuve internado en el pabellón 2 y me dieron 15 electroshocks en la espina dorsal… Luego me llevaron a la cirugía, que me iban a poner un trasplante en la mano, pero nunca se llegó el día. Nada más me traían a vuelta y vuelta. Esta vez me trajeron porque cantaba. Porque canto, y cantaba y sigo cantando… Y por eso me amarraron con mecates. Dijeron: “A ver si así te callas”. No, no me callo; si así nací, así seguiré hasta que me lleve el tren. “Bueno, pues allá tú. Te vamos a amarrar las manos, te vamos a poner un bozal”. Mmmhh. Me quité el bozal y me desaté las manos. Agarré y tumbé la puerta y me salí. Decían: “Ya se escapó”, “¿quién lo desamarró?” “Pos nadie, él solo”. Un corredero y cerradero de puertas, un corredero de enfermeros por acá y por allá. Porque era algo serio y agresivo cuando me amarraban así, y luego ya me volvían a amarrar. Decían: “Verás, orita te vamos a volver a amarrar y te vamos a poner una inyección de caballo”. Una inyección con una aguja así de gruesota.

En 1968, por orden del presidente en turno, La Castañeda fue demolida  y la fachada fue adquirida por Arturo Quintana Arrioja, un industrial que la traslado a un terreno que tenía en Amecameca quien la empleó en la construcción de un edificio, que a la muerte de Quintana su viuda cedió a los Legionarios de Cristo.

Desde que se fundó hasta que fue destruido, La Castañeda recibió a más de sesenta mil enfermos mentales. En los terrenos de La Castañeda años después, en 1965 se edificó la Unidad Habitacional de Plateros, conjunto de departamentos diseñados por el arquitecto Mario Pani Darqui.

 

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