Ki, el Henequén

El nombre científico del henequén es Agave Fourcropydes, especie que pertenece al Género Agave; puede crecer hasta los dos metros de altura, sus hojas son rectas, ensiformes, con una espina en la punta, y una hermosa inflorescencia color amarillo. En español lo conocemos como henequén o sisal, debido al puerto del mismo nombre; y en lengua maya se le llama ki, kiij o elsokil; de acuerdo a sus cualidades se le suele nombrar sac ki al henequén blanco, yaax ki al verde, y kitam ki al jabalí. El henequén es originario de la Península de Yucatán. Con la fibra de sus hojas se hacen multitud de productos para uso industrial, de ornato, y doméstico. Las principales zonas de cultivo en la Península son Tixkokob, Izamal, y Motul.

Los mayas antiguos conocían al ki, con el cual elaboraban diversos artículos de uso diario como vestimenta, morrales, cuerdas, hamacas, y esteras, para mencionar solamente algunos. El henequén tenía un carácter sagrado pues su conocimiento se debía a Zamná, deificado con el nombre de Itzamná, el gran sacerdote maya que comandó a los itzáes y fundador de Chichén Itzá en 525. Héroe cultural de los mayas a quienes dio conocimientos para seguir adelante con su extraordinaria cultura, quien, como nos informa la autora de esta reseña: En la cosmovisión maya Itzamná ocupa un papel fundamental en la creación del universo. Sentado desde una banda astronómica, símbolo de los planetas, dirigía al cosmos desde su morada en el Cielo. Itzamná, creador del fuego y del corazón, representaba la muerte y el renacimiento de la naturaleza. Debido a su carácter omnipresente se le representó de muy variadas formas: como viejo desdentado; como pájaro sagrado, Itzam Ye, símbolo del plano celestial; y como cocodrilo, Itza, Na Kauil, connotación del plano terrestre. Asimismo, su imagen podía representarse con atributos de jaguar, venado, pez, y serpiente. Fue asociado con el agua, el fuego, la vida y la muerte. Estaba vinculado con el rostro del Sol y con la lluvia y, por ende, con la agricultura. Fue el hijo de Hunab Ku, el dios único, y esposo de la diosa Ixchel, la truculenta Diosa de la Luna. Su nombre proviene de su famosa frase con la que se definió ante los hombres: Itz en kaan, itz en muyal, soy el rocío del Cielo, soy el rocío de las nubes. Pero su nombre también puede significar “casa de la iguana” Según el historiador Eric Thompson, su nombre deriva de itzam, lagarto, y de naaj, casa, lo cual nos daría Casa de Lagarto. El Dios Cocodrilo enseñó a los hombres el cultivo y el uso del ki, henequén. Además, fue el primer dios-sacerdote inventor de la escritura y de los libros, y el mecenas de la medicina. Es nada menos que el descubridor de las ciencias y el conocimiento, y patrón del día Ahua, el último y el considerado el más importante de los veinte días maya que conforman el mes.

Cuando Zamná abandono Chichén Itzá, se dirigió a la ciudad de Izamal, donde encontró la muerte, cuyos restos fueron distribuidos por varios edificios de la ciudad prehispánica. En esa ciudad se adoraba al dios Rocío del Cielo, no en vano es una gran productora de ki.

Una leyenda maya nos relata que en la región no había nada de agua, ni ríos ni montañas. De pronto, surgieron unas oscuras nubes en el cielo y empezó a caer una pertinaz lluvia. Todos los itzáes se pusieron muy contentos. Zamná, al ver tanta agua, decidió ir a buscar adónde podría guardar un poco para los momentos de escasez. En esas estaba cuando se acercó a una planta cuya espina se le clavó en  el muslo; la sangre brotó inmediatamente. Sus compañeros, al ver que el dios-hombre estaba herido, se pusieron a cortar las hojas de la planta y a azotarlas contra unas grandes piedras planas y lisas que se encontraban cerca, para castigarla por el daño ocasionado al dios. Al ver lo que hacían sus súbditos, Zamná se dio cuenta que de las hojas se desprendían unas fibras largas y muy fuertes, y pensó que serían de mucha utilidad para todos. Entonces, el héroe bondadoso, enseñó a los itzáes a trabajar el henequén para obtener buenas fibras para hacer cestos, ropa, cuerdas, morrales, y poder atar lo que se necesitase. Así fue como Zamná dio a los hombres el henequén y fundó en ese sitio la noble ciudad de Izamal, como le fuera señalado por los dioses.

 

 

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