El simbolismo de los cirios y las velas en los Altares de Muertos

 Cirios y velas, o lo que es lo mismo, fuego, luz, humo y cera. Cuatro elementos de diversa índole indisolublemente ligados en la liturgia de los pueblos. Los cirios, al encenderse, atrapan el fuego en la mecha y en la materia que los conforman, aquella latina cerus, llegada a nosotros como cera. El fuego ha sido objeto de adoración en todas las culturas, orientales, occidentales, africanas y mesoamericanas y, sin lugar a dudas, el primer elemento de la naturaleza que le produjo al hombre un enorme asombro y un profundo temor antes de dominarlo para su beneficio. Su adoración aparece ya en antiquísimas religiones como símbolo divino o de la divinidad misma, en conexión lógica y directa con el Sol. En diversas culturas el fuego ha simbolizado las pasiones, el espíritu, la purificación y la regeneración. Ha sido considerado un elemento psicopompe, cuya tarea consistía, y consiste, en ser un vehículo, un enlace entre el mundo de las divinidades y los mortales, entre el mundo de los vivos y los muertos, connotación que ha originado el empleo de cremaciones rituales en ciertas sociedades, como fue el caso de la mexica.

Nuestros antepasados, los antiguos mexicanos, adoraban al fuego como todos los humanos. El Dios Viejo, Huehuetéotl, era venerado desde muy antiguo por tribus preclásicas asentadas en el Valle de México antes de la llegada de los aztecas. A este dios desdentado, arrugado, encorvado, soportando sobre su cabeza un enorme brasero, se le adoraba porque simbolizaba la creación de la llama, de lo que enciende y abrasa. Su fuego calentaba y protegía del frío, al tiempo que permitía cocer, tostar o freír los alimentos que servían para el mantenimiento de la tribu. Por su importancia, a Huehuetéotl se le dedicaba una fiesta muy solemne que se realizaba cada cuatro años en el mes Izcalli. El día señalado, se acicalaba al dios y se le vestía a la manera de los tlatoanis gobernantes. Sus sacerdotes, los yhuehueyouan, tenían por deber cantar y bailar todo el día y toda la noche. Nadie podía encender fuego ni cocinar ni hacer tortillas, porque estaba prohibido. Al dios se le ofrecían enormes cantidades de tamales de bledos y se le sacrificaban codornices descabezadas. Esta fiesta se llamaba Pillaoano, porque entre otras acciones, le estaba permitido beber pulque a todo el mundo, incluidos los niños y las niñas, de manera absolutamente ritual.

Pero si bien es cierto que esta festividad era sumamente importante, no lo era menos la que se realizaba cada cincuenta y dos años, período al que suele llamarse “siglo” azteca, cuando “ se ataban loa años”. En esta fecha tenía lugar la ceremonia del Fuego Nuevo, síntesis del espíritu de la religión mexica, efectuada en el Cerro de la Estrella y por última vez realizada en el año de 1507 d.C.

La ceremonia del Uixachtlan llamábase Xiuhtzitzquilo, que significa “se torna el año nuevo”. Era el momento en que el siglo finalizaba y no se sabía si al otro día el Sol iba a volver a salir para continuar la vida. De no aparecer una vez más, el género humano se terminaría devorando por las tzitzimime, seres feísimos que descenderían de las alturas celestiales para devorar a hombres y mujeres. La víspera del día esperado, todos los mexicanos arrojaban al agua de las acequias y del lago todos sus dioses doméstico, las piedras de su hogar, los enseres de sus casas y sus objetos personales. A la hora en que debía salir el Sol, los sacerdotes de Tenochtitlan se dirigían al Cerro de las Estrella vestidos con los atuendos de los dioses, para esperar ahí y ver si podían lograr sacar una vez más el fuego nuevo. Mientras tanto, los habitantes de la ciudad se subían a las azoteas. Las embarazadas se cubrían las caras con máscaras de penca de maguey y eran encerradas en trojes, con el fin de evitar que, en caso de que no saliese el Sol, se convirtieran en feroces animales. Por su parte, a los niños también se les enmascaraba y se les impedía a toda costa que se durmieran dándoles gritos y empujones.

Los primitivos cristianos tomaron la idea del uso litúrgico del fuego, directamente de los griegos y de los romanos. Los primeros empleaban al fuego como parte del ritual ofrendado a la diosa Artemisa. Procesiones con antorchas encendidas llegaban a sus templos de Efeso y Taúride, para invocar la ayuda de la diosa por medio de lámparas votivas. Por su parte, los romanos ofrendaban a la diosa Vesta fuego en braseritos y lamparitas que las doncellas conocidas como vestales se encargaban de mantener siempre encendidas. Al pasar la costumbre al cristianismo, el fuego que emanaba de las lámparas votivas y de las veladoras encendidas en templos y altares, devino el símbolo del alma y fue visto como algo divino en esencia, la “chispa” divina que distingue al hombre del resto de la creación. El uso de cirios y velas se generalizó como parte de los altares y en la liturgia de las misas, a partir del siglo XI, con el objeto de honrar a Cristo, la luz del mundo.

Los cirios simbolizan básicamente la luz; la mecha funde la cera a través del fuego lo que viene a significar la relación del espíritu con la materia. Su función principal es la de recordar a los fieles la presencia de Cristo, la “verdadera luz” que ilumina el alma del ser humano. Dentro de la liturgia católica se cuenta con varios tipos de cirios: aquellos que llamamos votivos y se encienden ante el Santísimo Sacramento, las imágenes y las reliquias; los bautismales que debe portar el neófico, o su padrino, durante la ceremonia del bautismo; los cirios pascuales, de grandes dimensiones, que se bendicen el Sábado Santo y que un diácono enciende durante la ceremonia del fuego nuevo y representa a Jesucristo; y los cirios mortuorios que representan a las ánimas e iluminan su camino. Así por ejemplo, los cirios que arden cerca del ataúd del difunto, simbolizan la luz del alma en su acción ascensional, la pureza del espíritu que sube al cielo hacia una vida eterna. Por su parte, las velas comparten mucho del simbolismo de los cirios relacionado al de la llama en la que se encuentran representados todos los elementos de la naturaleza. Es un símbolo de purificación, de iluminación y amor espirituales. “Es la imagen del espíritu y de su trascendencia, el alma del fuego”. Asimismo, la luz de la vela es la representación del espíritu. Según San Juan, la luz primordial se identifica con el Verbo (1,9), lo que expresa la radiación del ser espiritual que es el verdadero corazón del mundo; es la expresión de la potencia celeste, del temor y la esperanza humana y de la eternidad. La vela encendida es el símbolo de la individualización, de ahí que personifique a cada una de las almas de los difuntos.

 

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