El primer circo mexicano de Soledad Aycardo

 ¿Qué es el circo? La palabra “circo” proviene del latín circus, a su vez del griego kirkos o krikos, que significa “curvo” y por extensión “círculo”.  Se refiere a una construcción con un espacio circular donde se lleva a cabo la actuación de trapecistas, payasos, magos, malabaristas, equilibristas contorsionistas, zanqueros, domadores de animales, entre otros muchos artistas más por todos conocidos. La mayor parte de las veces el circo se lleva a cabo en carpas construidas especialmente para tal efecto.

Las primeras expresiones circenses. La acrobacia, el malabarismo, el equilibrismo, y el contorsinismo, actividades predominantes de los primeros circos, se han manifestado en la cultura de los hombres desde épocas históricas muy antiguas. En la cultura mesopotámica, que nació entre los ríos Tigris y Éufrates, hace aproximadamente tres mil años ya se practicaba la acrobacia. Lo mismo sucedía en el antiguo Egipto, donde pueden verse figuras acrobáticas en un dibujo encontrado en la tumba de Beni Hassai, hacia el año de 2040, en distintas posturas acrobáticas en ciento setenta representaciones de entrenamiento luchístico. En la China antigua, el arte de la acrobacia empezó a desarrollarse hace ya más de dos mil años. En el antiguo oriente, pensemos en tres mil años atrás, los acróbatas y los malabaristas formaban troupes que viajaban para mostrar su espectáculo, en el cual era común el empleo de diábolos, bastones del diablo, armas, instrumentos empleados en las artes marciales, y demás objetos necesarios para llevar a cabo su trabajo de divertimiento. Por otro lado, los gladiadores griegos como parte de sus ejercicios para estar en forma, realizaban juegos malabares con rudas de carros o cualquier objeto pesado, y aun las mujeres se divertían haciendo malabarismos, aunque con objetos mucho más ligeros. Cabe la gloria en occidente a los romanos el haber dado el nombre de “circo” a ciertas actividades de diversión como lo fueron las carreras de caballos y de carros.

Durante la edad Media en Europa pululaban los grupos o troupes de saltimbanquis compuestos por volatineros, juglares, titiriteros, cómicos y prestidigitadores que deambulaban por las calles y plazas de las ciudades, en escenarios improvisados, y aun en los palacios a donde eran llamados para entretener a la nobleza.

Manifestaciones circenses en México. En México, en la época anterior a la conquista se conocían ya los juegos circenses. Existían acróbatas y malabaristas y demás artistas, como podemos constatar en la estatua olmeca llamada El Acróbata elaborada en el período Preclásico Medio, o en algunos equilibristas de manos que aparecen en los murales de Bonampak. Asimismo, de muy antiguo proviene el arte de los zanqueros, que existe hasta nuestros días en Oaxaca, Puebla y Guerrero, lo mismo que los antipodistas. La autora de este artículo refiere que: Entre estos personajes destacados de Tenochtitlan se encontraba el que practicaba el xocuahpatollin, “juego del madero con los pies”, el antipodista que realizaba malabares empleando las plantas de los pies. Un hombre se tendía en el suelo y levantaba los pies; en ellos se colocaba una viga de madera a la que movía con destreza haciéndola girar de mil maneras. A veces colocábanse dos personas en los extremos del madero a las cuales sostenía. Por otra parte, estaba el contorsionista que hacía acrobacias con su cuerpo, adoptando las posturas más inverosímiles, para regocijo de quienes le veían. Tales posturas tenían sus nombres: el árbol cósmico, cuahuitl; la llama, tlepilli, donde se simbolizaba la unión de los tres planos del universo; el acróbata, tlatlamati; el puente, pantli; el arquero, minani; y el ocelote, océlotl. Solían ser antiguos guerreros que habíanse ejercitado el cuerpo, adoptando actitudes con connotaciones sagradas. Los ilusionistas iban por la calles a fin de encontrar casas de nobles señores que los solicitaran para su entretenimiento. Entre ellos estaba el ilusionista que echaba granos de maíz en su mano y éstos empezaban a abrir hasta que se convertían en “palomitas”; es decir en granos tostados que se abrían como copos de algodón. Otro ilusionista a un movimiento de su manto hacía que las personas vieran que su casa se estaba quemando, pero todo se debía a una mera ilusión. El Volteador de Agua entraba a la casa de los señores para mostrar sus habilidades que consistían en poner en una cazuela ancha agua hasta el borde. Ya llena la cazuela le imprimía movimiento y le daban vueltas… sin que el agua se cayese!  El llamado Destrozador se cortaba las manos y los pies por las articulaciones, y las dejaba aparte; colocaba sobres las piezas una manta de color rojo, poco después la levantaba y las manos y los pies mágicamente, regresaban a su sitio. Obviamente contaba con un ayudante. Un personaje muy singular fue el titiritero, quien acostumbraba a entrar a los patios de las casas de los nobles señores y del tlatoani, para exhibir sus habilidades. De su morral sacaba títeres articulados de barro que hacia danzar y ejecutar movimientos. Eran pequeños y estaban ataviados de hombres con su capa y su máxtlatl, o mujeres que lucían enaguas y huipiles, a la manera de las divinidades, ya que los muñecos representaban dioses. Cuando terminaban de hacer su acto, con suma habilidad, el titiritero los volvía a meter a su morral. Se le conocía con el nombre de El que hace Saltar a los Dioses. (Cfr. La página web Más de México, Los curiosos personajes de Tenochtitlan)

La Maroma de la Colonia. Desde los inicios de la etapa virreinal, llegaron a México artistas de circo procedentes de España: los maromeros, los volatineros y los graciosos, como se denominaba a los payasos. Eran personajes trashumantes que recorrían ciudades y pueblos de México actuando para ganarse la vida. Junto con ellos llegó la maroma que al principio fue itinerante, pero que con el tiempo dio lugar a los llamados patios de maroma. Los maromeros también solían actuar en las plazas de toros y en las plazas de las ciudades. Los patios de maromas eran grandes locales ubicados en vecindades. Las funciones que presentaban estaban formadas por alambristas, también llamados funambulistas, y acróbatas. También solían presentarse los graciosos, los que recitaban poemas y alguno que otro animal extraño y exótico. Asimismo, también se llegaba a presentar alguna comedia o pantomima, titiriteros y prestidigitadores. Los actos estaban acompañados por música que animaba el ambiente. Las maromas duraron hasta el siglo XIX y llegaron a convivir un cierto tiempo con los circos que llegaron a nuestro país del extranjero. Las más famosas maromas se encontraban en la cuarta calle del Reloj, en la esquina del Puente del Santísimo, La Pradera y La retama.

Los primeros circos llegan a México. Corría el año de 1790 cuando llegó la Compañía de Volatines La Romanita, cuyo propietario era un español llamado José Cortés. La troupe estaba constituida por artistas de varias nacionalidades. Años después, en 1808, llegó el circo de Philip Lailson, con su Real Circo de Equitación. A este inglés se le considera como el padre del circo moderno. En 1831, El Circo Ecuestre de Charles Green hizo su aparición en México llegado desde los Estados Unidos, y con él empezaron a llegar circos que ya utilizaban carpas para llevar a cabo sus actos.

El primer circo mexicano. José Soledad Aycardo (1820-1887), Don Chole, como le decían cariñosamente, en el año de 1841 fundó su famoso Circo Olímpico. Este empresario era polifacético ya que fue titiritero, acróbata, cantador, bailador, y gracioso que gustaba de la versificación para decir sus gracejadas. Estas eran versos pícaros dedicados a las viejas o piropos a las muchachas del público, sin llegar jamás a ofender a nadie. Asimismo, criticaba lo malo que acontecía en la sociedad como las infieles mujeres, los borrachos y los jugadores. Al principio fue artista ambulante y se le podía encontrar por las calles de la ciudad. Poco después Aycardo fundó la maroma que estaba situada en la calle del Reloj. Su traje estaba compuesto de una enagua terminada en picos a la que le colgaban cascabeles, y una cola con holanes. Se pintaba la cara de blanco con harina. Llevaba en la cabeza un gorro de pico de fieltro sobre una peluca rizada, y en la frente una cinta de terciopelo. Aunque a veces gustaba de ponerse una gorra plan y presentar su rostro sin ningún tipo de maquillaje, solo con un gracioso bigotillo. Sus actos humorísticos muchas veces se basaban en críticas chuscas al gobierno y a la sociedad porfirista. Cuando salía a escena, saludaba al público haciendo grotescas muecas y movimientos. Antonio García Cubas nos relata en su obra El Libro de mis Recuerdos:…hombre astuto y laborioso que había logrado adquirir reputación, no solamente entre la gente del pueblo, sino entre la rica y encopetada, pues has de saber que tan bueno era aquel bisojo, pues torcido de vista era, para bailar y dar volteretas sobre un caballo, saltar en la cuerda y hacer el payaso que, al decir de los inteligentes en achaques de ese arte humilde, no tenía rival, como dirigir y tomar participación en las comedias y sainetes que se representaban por la noche, o mover a las mil maravillas los títeres en las funciones de este género que alternaban con las representaciones dramáticas.

Este famoso payaso compuso obras de teatro: Las cuatro apariciones de la Virgen de Guadalupe y El hijo pródigo, las cuales representaba en su circo, y posteriormente en escenarios de teatros. Su circo duró más de veinticinco años. Las funciones se daban por las tardes en locales bastante feos. El circo de la calle del Reloj de Aycardo tenía techo de tejamanil, a él acudían a buena hora las familias y las niñeras con sus pequeños. Se llenaba por completo y los músicos amenizaban el inicio de la función. El público llevaba su pulque o sus jugos de lima y naranja para beber. Un dulcero recorría el local ofreciendo en un cajoncito que se colgaba al cuello, dulces de todo tipo: yemitas acarameladas, huevos reales, calabazates, camotes o acitrones, al tiempo que gritaba: -¡Dulces para tomar agua, ¿quién se refresca? A la zaga le iba un mozalbete con un cántaro lleno de agua y un vaso de vidrio que le servía para darle de beber a los compradores de las golosinas. A las cuatro de la tarde, a veces las cuatro y media, salían al escenario los volatines y los cirqueros; a la cabeza iba don José, saludando a su muy peculiar manera y presentando a su troupe a quien llamaba sus “chicos”. A continuación, don José se dirigía al público y decía: ¡Señores, muy buenas tardes, la función va a comenzar; y yo con unas coplitas que les voy a dedicar. Dele al bombo, maestro al “cémbalo” porque ya quiero bailar.

Cuando murió sus restos se enterraron en el Panteón de la Villa de Guadalupe.

 

 

 

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