El Periquillo, y además Sarniento

Pedro Sarmiento, apodado por sus amigos el Periquillo Sarniento, es el personaje principal de una de las obras más divertidas de la literatura colonial mexicana, en la que se nos presenta un fidedigno testimonio de las costumbres y el habla popular de las postrimería de la dominación española. El autor de esta estupenda novela se llamó José Joaquín Fernández de Lizardi, quien viera sus primeras luces en la Ciudad de México, un 15 de noviembre de 1776, y muriera en el año de 1827. Sus padres fueron dos criollos de clase acomodada. Su obra comprende fábulas, teatro, poesía, y artículos políticos. De su producción literaria destacan sus tres novelas: El Periquillo Sarniento (1816), La Quijotita y su prima (1818) y Don Catrín de la Fachenda (1832), de las que sobresale la primera por su maestría.

Aparte de ser un novelista consumado, fundó uno de los primeros periódicos insurgentes, El Pensador Mexicano, en el cual escribía él mismo, y cuyo nombre tomó posteriormente como pseudónimo. El periódico fue prohibido por órdenes de Fernando VII por suversivo. Lizardi apoyó fervientemente la lucha del cura Hidalgo y de María Morelos, escribiendo panfletos contra el gobierno del virrey y apoyando la libertad de imprenta y de pensamiento.

En su novela El Periquillo Sarniento da a conocer, a través de las aventuras y desventuras de Pedro el protagonista, las costumbres y uso de las clases populares y, digamos medias, de dicha época. Pedro nos cuenta su vida, nos dice que fue un hijo único consentido por ambos padres, ni ricos ni pobres, berrinchudo para logar sus propósitos y manipularlos a su antojo para que le cumplieran sus gustos, muchas veces fuera del alcance de sus progenitores; como es un muy mal estudiante, su padre lo quiere poner a estudiar un oficio, pero su madre se niega porque quiere hacer de él un profesional: cura, abogado y médico. De una manera u otra, logra seguir sus estudios e ingresar al Colegio de San Ildefonso a estudiar el bachillerato en filosofía. Ahí empieza a aficionarse al juego y dan inicio sus múltiples aventuras, muchas veces acompañado de su querido amigo Januario, que no terminarán hasta su conversión en buen hombre, ya entrado en años, y de haberle relatado sus memorias a un tal Lizardi quien pide permiso a la viuda para publicar tan valioso testimonio que será ejemplar para otros hombres que decidieron tomar el mal camino.

En 1817, salieron publicados los primeros tomos de la novela, siendo censurado el cuarto por criticar abiertamente a la esclavitud. La obra fue publicada en su totalidad hasta 1830, una vez consumada la Independencia, y muerto ya el destacado escritor.

Aparte del valor literario de la novela de Lizardi, que se muestra como un escritor de primerísima calidad, se encuentra en ella una riquísima información de carácter político, historiográfico, sociológico, lingüístico y dialectológico – pues por medio de ella nos enteramos de las jergas de los grupos sociales de la época: de la de los estudiantes, los médicos, los abogados, los jugadores, los ladrones, y las mujeres de la vida fácil; habida cuenta de las supersticiones y leyendas populares- de gran interés para los estudiosos de tal etapa de nuestra historia.

Leamos ahora una muestra de esta estupenda novela picaresca: … Como mi maestro se había propuesto civilizarme e ilustrarme en todos los ramos de la caballería de la moda, me enseñó a jugar al billar, tresillo, tuti y juegos carteados; no se olvidó de instruirme en las cábulas del bibis, ni en los ardides para jugar albures según arte, y no así, así a la buena de Dios, ni a lo que la suerte diera: pues me decía que el que limpio jugaba limpio se iba a su casa, sino siempre con un pedazo de diligencia.

Un año gasté en aprender todas estas maturrangas; pero eso sí, salí maestro y capaz de poner cátedra de fullería y leperaje a lo decente, porque hay dos clases de tunantismo: una soez y arrastrada como la de los enfrazados y borrachos que juegan a la rayuela o a la taba en una esquina; que se trompean en las calles; que profieren una obscenidades escandalosas; que llevan a otras leperuzcas descalzas y hechas pedazos, y se emborrachan públicamente en las pulquerías y tabernas, y éstos se llaman pillos y léperos ordinarios.

La otra clase de tunantismo decente es aquella que se compone de mozos decentes y extraviados que con sus capas, casaquitas y aun perfumes, son unos ociosos de por vida, cófrades perpetuos de todas las tertulias, cortejos de cuanta coqueta se presenta, seductores de cuanta casada se proporciona, jugadores, tramposos y fulleros siempre que pueden, cócoras de los bailes, sustos de los convites, gorrones intrusos, sinvergüenzas, descarados, necios a nativitate, tarabillas perdulares y máquinas vestidas, escandalosas y perjudiciales a la desdichada sociedad en que viven… (El Periquillo Sarniento, Ed. Porrúa, México, 1997, pp. 76-77)

 

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