El Paseo de la Viga y el pueblo de Santa Anita

“¡Vámonos pa’Santa Anita, vámonos pa’Santa Anita, ponte tus naguas, chinita del alma!” Fragmento de una canción del siglo XIX.

En la ciudad de Mexico-Tenochtitlan existía un cauce que entraba al territorio de los mexicas por el sur, por la parte media de los islotes de Mixhuca y Tultenco, y que llegaba a la parte posterior del Templo Mayor. En la época de la conquista hispana este canal fue ampliado, pero conservó su unión con los pueblos de Xochimilco y Chalco, que abastecían de alimentos agrícolas a la nueva ciudad de México, los cuales se transportaban en chalupas hasta el embarcadero de Roldán cercano a La Merced.

Dos siglos después, el virrey Bernardo de Gálvez, en 1785 mandó trazar una vía que iba desde la iglesia de San Pablo hasta la Garita de la Viga, la cual se terminó tiempo después cuando era virrey Juan Vicente de Güemes de Padilla y Horcasitas, II Conde de Revillagigedo. Este camino llevó varios nombres: Paseo de Revillagigedo, Paseo Juárez y Paseo de Ixtacalco, según la época histórica. A la famosa Garita de la Viga, que se encontraba en Viaducto Piedad con Calzada de la Viga, llegaban las mercancías para abastecer la Ciudad de México. La garita constaba de una entrada con arco y dos dependencias a cada lado, que servían de alojamiento a los guardias encargados de vigilar la garita; tenía, además, un embarcadero edificado frente a los portales, donde se encontraban las oficinas administrativas.

Al Paseo de Revillagigedo, del Canal de la Viga, acudían las familias de la clase media a divertirse, pues había puestos que vendían rábanos, lechugas, jugo de caña, naranjas, figuras de palomitas hechas de maíz y miel, condumios, y bolillitos de a ocho. Guillermo Prieto en su Cuadro de Costumbres relata: Rancheros que arremeten sus caballos, mozuelos decentes que ostentan sus adelantos en la equitación sofrenando sus corceles, derribando puestos de fruta, y siendo amenaza de los transeúntes de a pie, la algazara de los perros y muchachos que se entregan con frenesí a su libertad, la ópera ambulante de los dulceros y demás vendedores, la mujer que anuncia los barquillos en su triple chillón, el señor que grita las tortillas de cuajada; el barítono de las hojarascas, el soprano de las yemas garapiñadas, los mostachones y las rosquillas de almendra, con las voces plañideras de los mendigos, todo forma un conjunto especial.

También había alquiler de caballos para montar, carruajes que recorrían la vía por tierra, la que quedaba en el lado derecho, y grandes canoas que se trasladaban por el agua del Canal de la Viga las cuales atravesaban al pueblo de Santa Anita, el de Ixtacalco y otros más, mientras los pasajeros escuchaban la música de cuerda o se ponían a bailar con peligro de que la canoa de voltease y arruinase sus toldos verdes adornados con flores y ramas. Los paseantes que no iban a caballo o en canoa, se sentaban en las bancas de piedra que había en el borde del canal. Mientras el paseo se llevaba a cabo, los indígenas iban en sus canoas llevando frutas, flores y legumbres para surtir a la ciudad de México. El Paseo se encontraba en su apogeo de las cinco a las seis de la tarde. Al Paseo acudían personas de la clase alta, aunque en menor medida, unos iban vestidos a la manera inglesa luciendo sus fracs, otros llevaban un magnífico traje de charro y hacían caracolear sus caballos.

El célebre escritor costumbrista mencionado, don Guillermo Prieto, nos dice en unas cuartetas al tratar de describir el paseo del Canal de la Viga: …Allí los gritos de muchachos / que juegan con sus borregos: / allí cantigas de ciegos / y risadas de borrachos. / Allí venden alegría, / otros brincan zanjas / y gritan: “A ocho naranjas”  / junto al puesto de chía. / Allá contiene una riña, / el vigilante dragón / y resuena el bandolón  y el grito: “Al pulque de piña”…

A mediados del siglo XIX, por el Canal de la Viga navegaban barcos de vapor donde se trasladaban los pasajeros, y que arrastraban chalupas que transportaban las mercancías a la Ciudad de México. Esta línea la inauguró el general José Joaquín de Herrera, en el barco que llevó por nombre La Esperanza, como homenaje al color verde de la bandera mexicana; el vapor llevaba un motor de veinte caballos de fuerza, y en él cabían veinte pasajeros. La inauguración tuvo lugar el 20 de julio de 1850, día en que partió de la Garita de la Viga, y llegó hasta el pueblo de Chalco. El proyecto de los vapores se debió a don Mariano Ayllon que aprovechando el cauce fluvial ya existente que se iniciaba en la Garita de la Viga, dragó el canal y lo amplió, a la vez que aumentó la altura de los puentes que lo cruzaban en su trayectoria. También paseó por el Canal de la Viga Antonio López de San Anna con su familia. El Diario Oficial fechado el 22 de octubre de 1853,  informaba: El vapor General Santa Anna, está al servicio del público desde el sábado primero del mes, comenzando los viajes desde el embarcadero que hoy sirve a las canoas, donde empieza el Paseo de la Viga, hasta el pueblo de Mexicaltzingo, haciendo 2 viajes en los días de trabajo y 3 en los domingos y días feriados. Este barco medía veinticinco varas de largo por cuatro de ancho, y daba cabida a sesenta personas. Partía a la nueve de la mañana y a las tres de la tarde, y regresaba a México a la once de la mañana y a las cinco de la tarde, respectivamente. Tiempo después, el recorrido llegó hasta Chalco. El pasaje hasta Santa Anita o Ixtacalco costaba dos reales, y hasta Mexicaltzingo y San Juanico, tres. Pero si no se tenía el dinero, el viaje en los lanchones de remolque era más barato, pues costaba la mitad de la tarifa.

En 1869, don Benito Juárez, inauguró el Barco de Vapor Cuauhtémoc, con tan mala suerte que una caldera explotó mientras iba a bordo. El 9 de marzo de 1890, por cierto un domingo,  Porfirio Díaz inauguró tres barcos de vapor. El mandatario ocupó el barco llamado México, en el cual se celebró un banquete.

Por medio del Canal se podía llegar al pueblo de Santa Anita (actual cruce de Calzada de la Viga y Avenida Plutarco Elías Calles) para seguir con la diversión, Este pueblo se asentaba, y se asienta, en terrenos que en la época prehispánica se conocía como Zacacatlamanco Huéhuetl, uno de los últimos lugares que tocaron los peregrinos aztecas para cumplir los deseos de su dios Huitzilopochtli. Ahí quedó un asentamiento indígena que perduró hasta la llegada de los españoles, que ocupaba un islote y se encontraba rodeado de Chinampas. Los frailes franciscanos se encargaron de edificar en el pueblo una capilla en honor de Santa Ana, cuando el poblado fue reconocido, oficialmente por el entonces virrey don Antonio de Mendoza. Pertenecía a la parcialidad de San Juan Tenochtitlan de la cual era tributario. Santa Anita fue un pueblo importante, pues su localización cercana al Canal de la Viga lo conectaba con los lagos de Xochimilco y Chalco, la Ciudad de México, y los pueblos de Tulyehualco, Mixquic y Xochimilco. A más de ello, Santa Ana surtía a la Ciudad de México de verduras que se cultivaban en las chinampas que lo rodeaban, como antaño en los principios coloniales. La principal atracción de Santa Anita era el Viernes de Dolores.

En el año de 1921, el Canal de la Viga desapareció por mandato de las autoridades gubernamentales que ordenaron desecarlo, y así desaparecía para siempre uno de los más hermosos paseos con que contaba la Ciudad de México, tan descorazonadamente mutilada a través de su historia.

 

 

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