El Palacio Negro de Lecumberri

Es un sitio cargado con las peores vibraciones de México. Debieron derruirlo. José Agustín, Escritor (en Rock de la cárcel)

El Palacio Negro de Lecumberri, situado en la hoy Avenida Ing. Eduardo Molina 113, en la Colonia Penitenciaría, D.F., fue inaugurado por el entonces presidente Porfirio Díaz el 29 de septiembre de 1900, en los que fueran terrenos de san Lázaro. El discurso inaugural corrió a cargo de Miguel Macedo, el primer director. Fungió como penitenciaria hasta 1976. Se construyó debido a la Reforma al Código Penal efectuada en 1871, con base en un proyecto elaborado por el ingeniero Antonio Torres Torrija y cuya construcción realizó el ingeniero M. Quintana. El proyecto se realizó siguiendo el modelo panóptico de la arquitectura carcelaria muy empleada desde finales del siglo XVIII, creada por el filósofo utilitarista Jeremy Bentham. Se pensó que la construcción sería una de las más modernas de América Latina. Este modelo panóptico permitía a los guardianes observar desde una torre central a todos los prisioneros, cuyas celdas se encontraban alrededor de la torre de treinta y cinco metros. En esta torre central poligonal estaban los vigilantes. Mencionemos que la famosa torre se quitó durante el gobierno de José López Portillo. De la rotonda salían galerías donde se situaban las celdas que alojaban a mujeres, hombres y niños menores de dieciocho años.

La Cárcel contaba con ochocientas celdas, una enfermaría, una cocina, una panadería y talleres. Además tenía salas de espera, servicio médico y un área de gobierno. Las celdas eran individuales. En ellas había un catre, y un retrete. En cada crujía había una celda de castigo. En 1908 se amplió la cárcel para poder albergar a novecientos noventa y seis presos. Las crujías llevaban una letra que permitía identificarlas. En la crujía A estaban los ladrones; en la B los violadores; en la C los sentenciados, en la D los asesinos, en la E los ladrones menores, en la F los drogadictos, en la G los fraudulentos y los presos ricos, en la

I estaban las celdas de lujo, en la J los homosexuales, en la M se alojaban los presos de máxima seguridad, en la N los incomunicados.

Con el tiempo Lecumberri se volvió insuficiente para albergar a tanto preso, lo que ocasionó promiscuidad (llegaron a estar en una celda de tres metros y medio por dos y medio hasta dieciocho reos) y muy mala atención para los presos, no sólo en lo referente al espacio y las comodidades, sino a la atención judicial. Por algo le pusieron el Palacio Negro. Las historias que contaban los presos eran truculentas en verdad.

Las visitas se efectuaban en un galerón de de ochenta por sesenta metros y estaban programadas por crujía. En los días de visitas se reunían los presos, sus familiares y vendedores ambulantes; el espacio era insuficiente y todo era un soberano maremagnum. Para la visita conyugal había tiendas de campaña hechas con sábanas y cobijas por las que los presos debían pagar cinco pesos por quince minutos. Los talleres eran insuficientes para los reos, debido a lo cual el ocio propiciaba peleas, desmanes y todo tipo de calamidades.

En la sección de mujeres la situación era similar. El alcoholismo y la prostitución imperaban, los clientes eran los carceleros y los jefes. Los hijos de las reclusas podían vivir con ellas.

En su existencia de setenta y seis años, solamente lograron escaparse dos presos: Alberto Sicilia Falcón y Dwiht Worker un norteamericano traficante de cocaína. Falcón escapó a través de un túnel, y Worker disfrazado de mujer.

El Palacio Negro de Lecumberri albergó a presos muy importantes como David Alfaro Siqueiros, Heberto Castillo, Ramón Mercader, José Revueltas, José Agustín, y Álvaro Mutis. También estuvo en Lecumberri mi querido amigo Romeo G., apresado durante el Movimiento del 68 en Ciencias Políticas, a quien tantas veces le llevé guisado de huanzontle que tanto le gustaba, y a quien el poder represivo se encargo de volver loco a base de torturas físicas y psicológicas. Nunca más le volví a ver.

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